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Robo de derecho de primogenitura:
La conquista estadounidense y la explotación de los mexicanos

Por
Richard D. Vogel
Traducido al español por Gabriela Baeza Ventura
Copyright 2004
(Permiso para copiar)

 

Un espíritu del pasado está penando en América.  Pero ese espíritu no es un fantasma —es la emergencia de millones de mexicanos y méxicoamericanos, descendientes de los desterrados, a quienes se les negaron sus derechos de primogenitura en el suroeste de los Estados Unidos, y quienes están creciendo en poder y tienen hambre de justicia.

La población actual de México cuenta con casi 105 millones de personas y un 40 por ciento de ellas vive en la pobreza.  Hay, además, 23 millones de residentes de origen mexicano (incluyendo por lo menos 8.8 millones nacidos en México) en los Estados Unidos.  Casi el 73 por ciento de ellos vive en los estados fronterizos de California, Arizona, Nuevo México y Texas —originalmente territorios mexicanos.  Desde fines de los ochenta y en parte de los noventa se ha dado un aumento significativo en la migración de mexicanos a nuevas zonas de los Estados Unidos ya que la demanda de su poder vital de trabajo ha aumentado.  En los últimos veinte años, aproximadamente 9 millones de mexicanos han inmigrado tanto legal como ilegalmente a los Estados Unidos en busca de una vida mejor.  El cálculo actual de indocumentados mexicanos en los Estados Unidos es entre 3 a 4 millones mas otros 300,000 a 400,000 que cruzan la frontera cada año.  No se vislumbra un fin a la inmigración.  El Concejo Nacional de Población estima que la población de ciudadanos mexicanos en los Estados Unidos por lo menos se duplicará para el 2030, alcanzado entre 16 a 18 millones de mexicanos.

Los inmigrantes mexicanos desempeñan los trabajos más peligrosos y de menor remuneración en América.  El 72 por ciento de todos los inmigrantes mexicanos legales y el 91 por ciento de los inmigrantes mexicanos ilegales trabajan en empleos mal pagados, de mano de obra y otras ocupaciones de servicio.  A pesar de su dedicación y mano de obra barata, el 61 por ciento de todos los inmigrantes mexicanos legales y sus hijos nacidos en los Estados Unidos, y el 74 por ciento de todos los inmigrantes mexicanos ilegales y sus hijos nacidos en los Estados Unidos viven justo o debajo del nivel de pobreza estadounidense.  El promedio actual del ingreso anual para los inmigrantes mexicanos legales es 57 por ciento menos que el de los americanos blancos, mientras que los inmigrantes ilegales deben vivir con sólo el 41 por ciento.  Aún después de trabajar en los Estados Unidos por veinte años, el ingreso de los inmigrantes mexicanos es menos en un 60 por ciento que el de los empleados blancos.  Pero a pesar de su situación económica en América, año tras año continúan enviando gran parte de sus ingresos a sus parientes en México.

Los ciudadanos mexicanos que cruzan la frontera legalmente todos los días para trabajar, hacer compras o visitar a familiares hacen fila en las aduanas militarizadas de las fronteras que dividen su tierra natal: Tijuana/San Diego, Mexicali/Calexico, Nogales/Nogales, Agua Prieta/Douglas, Ciudad Juárez/El Paso, Ciudad Acuña/Del Río, Piedras Negras/Eagle Pass, Nuevo Laredo/Laredo, Reynosa/McAllen y Matamoros/Brownsville.  Se estima que un millón de personas cruzan el puente en ambas direcciones al día.  El cruce fronterizo más grande en el mundo es Tijuana/San Diego donde se calcula que 50,000 personas viven en un lado de la frontera internacional y trabajan en el otro.  El cruce en Ciudad Juárez/El Paso es tan activo como éste.  En la actualidad, 12 millones de personas viven a lo largo de la frontera México/Estados Unidos, y se espera que la población se duplique en los próximos diez años.

Entre los puntos de entrada oficiales, la patrulla fronteriza, la guarda costa estadounidense, unidades esporádicas del ejército y las fuerzas aéreas estadounidenses, un gran número de agencias policiales (incluyendo a los conocidos rinches tejanos), pandillas de vigilantes anglo y otros terratenientes armados, patrullan la frontera internacional para vigilar la circulación de desesperados emigrantes mexicanos.

Los mexicanos que intentan cruzar ilegalmente enfrentan formidables obstáculos hechos por el hombre así como por la naturaleza.  Millas de barreras de concreto y acero erigidas para impedir su paso han desviado la circulación de inmigrantes de las zonas seguras, cerca de la civilización, hacia los páramos de los desiertos de Sonora y Chihuahua y los aislados estrechos del ancho y traicionero Río Grande.  Aunque la frontera es observada 24 horas al día por 4 cámaras de vigilancia, telescopios de visión nocturna y sensores sísmicos, los emigrantes logran cruzar.  Un número desconocido de inmigrantes mexicanos muere por insolación o inmersión cada año.  Muchos más mueren heridos en accidentes de tráfico o de ferrocarril.  El abuso hacia los viajeros por parte de traficantes, vigilantes y criminales comunes no se reporta.  Más de un millón de mexicanos se deportan anualmente, pero debido a la poca oportunidad económica en México, muchos regresan a intentar de nuevo.  Los vigilantes americanos de la frontera estiman que sería necesario un ejército de 20,000 agentes de la patrulla fronteriza y un sistema expandido de cercas colosales y otras barreras para hacer frente al flujo de mexicanos que valientemente enfrentan los cruces ilegales.

La migración incontenible de México hacia los Estados Unidos es uno de los mayores movimientos de trabajadores y de sus familias de la era moderna.  Esta migración masiva del subdesarrollado sur al opulento norte es el espectro del pasado que pena en América.

Para estar seguros, hay otros fantasmas en la historia que aún vagabundean en los Estados Unidos. Son las sombras de las naciones nativoamericanas —la gente exterminada o empujada hacia la faz de la extinción de su tierra y exiliados a los eriales de América.  Y también están los afroamericanos, en su mayoría descendientes de los sobrevivientes de la esclavitud, algunos asimilados, hasta prosperando, y muchos, con su mano de obra barata innecesaria ya para el capitalismo de los Estados Unidos por sus talleres fugitivos globales, su marginación en las ciudades o encarcelados en el gran sistema de prisión de América.  Estas personas, también, tienen hambre de justicia.  Pero es la gente mexicana la que presenta un desafío único al capitalismo americano, un sistema de explotación que históricamente ha puesto de blanco a las minorías nacionales en su inexorable búsqueda de lucro.

Dos factores elementales han afectado la historia de los mexicanos en los Estados Unidos: uno, a diferencia de los afroamericanos y nativoamericanos, han tenido sus santuarios —las fronteras del suroeste americano y México mismo— lugares en dónde recuperarse de la implacable explotación y regenerarse, y, dos, su poder laboral sigue siendo esencial para el capitalismo americano.  Ambos factores han salvado a los mexicanos del tétrico destino de muchos nativoamericanos y afroamericanos.

Los mexicanos y méxicoamericanos han padecido más de un siglo y medio de explotación y opresión y están emergiendo como una súper fuerza —una fuerza que ya está cambiando el campo social, económico y político de Norte América.  Robo de derechos de primogenitura: La conquista estadounidense y la explotación de los mexicanos es la  historia de la expropiación de más de la mitad del terreno de la república de México por los Estados Unidos y la explotación histórica y continua de ese país y  de su gente.  A diferencia de las historias oficiales escritas en ambos lados de la frontera, esta investigación nos lleva a la afirmación de la gente mexicana.

 

Parte I: Conquista

“El derecho a la conquista no tiene ninguna otra fundación que el derecho de los más fuertes”.
Jean-Jacques Rousseau, The Social Contract

Tierra y riqueza

La producción y división de la riqueza son los pilares de cada comunidad humana.  La base económica de una sociedad determina cómo y dónde vive y trabaja la gente, lo que comen y usan, con quienes forman relaciones y la naturaleza de su interacción social, y su salud, educación y bienestar.  Las sociedades son ricas y pobres por una variedad de factores: la abundancia o la escasez de recursos naturales, el mapa demográfico de la población, la cultura y tecnología de la comunidad, pero, históricamente, los recursos primarios de la riqueza de las naciones han sido la tierra y el trabajo.

Durante principios del siglo diecinueve, cuando empieza el conflicto entre los Estados Unidos y México, la mayoría de la riqueza se produjo porque la agricultura y la tierra cultivable estaban en gran demanda.  Los Estados Unidos, una nueva nación en ese entonces, crecía geométricamente.  La población inicial de menos de 4 millones en 1776 había aumentado a 7 millones en 1810 y a casi 13 para 1830.  Era una población, en su mayoría, de inmigrantes europeos pobres que deseaban tierra.  La expansión territorial, controlada por el gobierno británico antes de la Revolución Americana, se convirtió en una fuerza devastadora después de la independencia, aplastando a su paso a la población indígena y desafiando las demandas de todas las otras naciones en el continente Norte Americano.

Los primeros inmigrantes, predominantemente anglo, desplazaron a los indígenas a través del uso de fuerza y manipulación legal.  Además de las patentes guerras en contra de los nativoamericanos, los angloamericanos socavaron la cultura nativa al degradar el estatus de la tierra como fundación de la comunidad a uno de mercancía vendible.  La práctica indígena del fideicomiso común de la tierra se reemplazó con el concepto de la propiedad privada.  A la gente nativa que no fue arrasada con la primera ola de anglos invasores se les proporcionó títulos de un fragmento de su tierra ancestral y se les desalojó inmediatamente después.  Las fuerzas armadas de varios estados y el gobierno nacional apoyaron estas expropiaciones de tierra.  La resistencia a la toma del poder de los anglos fue castigada severamente y, en muchos casos, resultó en genocidio.  Aislados de una tierra común, la gente indígena cayó en un rápido deterioro.  Su destino se selló cuando los atentados de esclavizarlos y explotar su poder laboral en las plantaciones anglo falló.  Sin valor a los nuevos dueños de la tierra, la gente nativa de América fue enviada a reservaciones o exterminada.

El siglo diecinueve fue la era de la gran apropiación de tierra americana.  Los capitalistas norteños y los especuladores del medio oeste explotaron las demandas de los pobres inmigrantes europeos por granjas de subsistencia al inventar el mito del Destino Manifiesto (la afirmación de que la gente blanca tenía el derecho exclusivo de ocupar Norte América) y promovieron la invasión y ocupación del oeste americano.  Los especuladores de tierra en el sur y los dueños de esclavos, que buscaban grandes terrenos para establecer plantaciones, dominaron y dirigieron la expansión territorial en el sur y en el suroeste.  Sacaron provecho de la venta de la tierra a los hombres pobres libres y de la producción de la agricultura como mercancía vendible utilizando a trabajadores esclavos para obtener inmensas fortunas.  Muchos de los americanos más ricos y poderosos del momento, incluyendo a muchos presidentes estadounidenses, se beneficiaron de ambas formas de explotación.

Para la gente de México tanto la práctica de especulación de la tierra y la institución de la esclavitud fueron anatemas.  Al igual que sus vecinos indígenas al norte, muchos mexicanos jamás trataron a la tierra como una mercancía, y, tan temprano como 1810, el Padre Hidalgo, el patriarca de la Independencia Mexicana, exhortó la muerte de cualquier hombre que esclavizara a otro.  Es ésta contradicción —opiniones irreconciliables en asuntos básicos de tierra y esclavitud— la que creó el conflicto entre anglos y mexicanos, y finalmente, llevó a la invasión y conquista de México.

El imperialismo estadounidense en el sur y en el suroeste

Los Estados Unidos condujo y extendió una campaña de adquisición territorial en contra de sus vecinos del sur en tres operaciones militares premeditadas y despiadadas —la expropiación de la Florida a España en 1819, las secretas artimañas políticas y militares en Texas que al final llevaron a la anexión en 1845 y la infame Guerra de los Estados Unidos en México en 1846 que terminó con el innoble Tratado de Guadalupe Hidalgo.  El Tratado de Gadsden de 1854 obtenido a través del soborno y la extorsión, transfirió aún más territorio mexicano a manos estadounidenses.  La gran apropiación de tierra americana fue una de las más exitosas de la historia —para fines de este periodo de treinta y cinco años los Estados Unidos había robado más de 2.6 millones de kilómetros cuadrados (más de un millón de millas cuadradas) de tierra y el derecho de primogenitura de la gente mexicana.  La fuerza que impulsaba al imperialismo americano en el sur y en el suroeste era el establecer un imperio para la institución de la esclavitud.

Un imperio para la esclavitud

Andrew Jackson —el exterminador de indios, especulador de tierras, senador estadounidense, séptimo presidente de los Estados Unidos y dueño de esclavos de por vida— fue el campeón maquiavélico de un imperio estadounidense de esclavos que inevitablemente entró en un conflicto abierto con México.   La expansión de la esclavitud requería más y más tierras y el territorio ocupado por las naciones indígenas en el sureste se convirtió en la primera meta de los esclavistas.  La estrategia de apropiación de Jackson aunque simple era efectiva.  Primero, a los inmigrantes deseosos de tierra se les instigaba a establecerse en el territorio deseado.  Cuando los asentamientos se enfrentaban a la resistencia de los habitantes indígenas, se utilizaba la fuerza militar para castigar a los defensores y forzarlos a ceder sus tierras a los Estados Unidos.  Tan pronto como el tratado se ponía en efecto, el gobierno daba la tierra a esclavistas y a los especuladores que reservaban las mejores parcelas para las plantaciones y vendían el resto a precios exorbitantes al montón de inmigrantes pobres europeos que inundaban el nuevo territorio.

Jackson implementó su estrategia de toma de posesión durante la Guerra de Creek de 1813-14.  Bajo el asalto continuo de los blancos en las tierras natales de los nativos, la nación indígena del Upper Creek empezó a contraatacar, atracando los asentamientos invasores.  La situación se exacerbó por el hecho de que los esclavos fugitivos encontraron santuario con los Upper Creeks y con frecuencia se enlistaban como sus guerreros.  Jackson, para entonces general en el ejército estadounidense, organizó y lideró una expedición punitiva en contra de la nación Upper Creek.  En la culminante batalla de Horseshoe Bend, su ejército de 3,300 soldados bien armados del ejército de los Estados Unidos, milicianos estatales y aliados de los Cherokee y Lower Creek se enfrentó a 1,000 guerreros Upper Creek que estaban haciendo un último esfuerzo para defender su tierra.  Los Upper Creek pelearon valientemente, pero más de 800 de ellos fueron masacrados.  En la secuela de la batalla, Jackson forzó a sus aliados Lower Creek, así como a los Upper Creek derrotados, a firmar un tratado con los Estados Unidos que entregaba casi 8 millones de hectáreas (20 millones de acres) de tierra en lo que después se convertiría en los estados esclavistas de Alabama y Georgia.  Fue también en la batalla de Horseshoe Bend que Jackson descubrió a un joven teniente herido llamado Sam Houston a quien adoptó como su protegido y a quien más tarde convirtió en un agente clandestino en el esquema de Jackson para robar Texas a México y agregarlo al imperio de esclavitud de los Estados Unidos.

El robo de Florida

La expansión de la esclavitud a Florida fue la fuerza motriz detrás de la primera guerra Seminole de 1817.  Los habitantes del norte de Florida, los seminales, eran  refugiados de la opresión anglo y, con entusiasmo, ofrecieron santuario a los esclavos fugitivos.  Los fugitivos establecieron sus propias villas entre la población indígena y llegaron a conocerse como seminoles negros.  Su libertad y prosperidad no era tolerada por los esclavistas del suroeste quienes demandan que se les regresara su propiedad humana.  Una vez más, el general Jackson movilizó a sus tropas y ganaron la causa.

Jackson invadió el territorio español de la Florida en 1817 con tres metas: para capturar y regresar a los seminoles negros a sus antiguos dueños, para animar a los inmigrantes y a los blancos pobres del suroeste a que ocuparan la tierra y para acosar a los españoles que se preparaban para la inminente toma de posesión de los Estados Unidos.  El general Edmund P. Gaines, otro futuro jugador en el esquema de Jackson para robar a Texas, había perseguido a los esclavos fugitivos en Florida el año anterior.  Cuando los seminoles negros fueron rodeados en el Fuerte Negro en el Río Apalachicola se negaron a rendirse a Gaines, éste bombardeó el fuerte con artillería pesada, matando a más de 300 hombres, mujeres y niños.  Al concluir su brutal sitio, Gaines regresó a los sobrevivientes de la masacre a sus antiguos dueños.

La campaña de Jackson en Florida era mucho más ambiciosa que la brutal incursión de Gaines.  Jackson preparó su invasión desde Fuerte Scott y sentó una base fortificada en Fuerte Negro.  Desde ahí, ordenó la marcha de su ejército a San Marks y tomó el fuerte español donde arrestó a un escocés llamado Alexander Arbuthnot que comerciaba con los seminoles y a quien Jackson sospechaba de ser un espía inglés.  Dos días más tarde, Jackson se encaminó a su segundo objetivo, Suwannee, la temida y legendaria meca de esclavos fugitivos.  Estaba enfurecido cuando llegó —su víctima, puesta sobre aviso, había huido a la seguridad del paraíso del profundo pantano.  Jackson culpó a Arbuthnot, el escocés, y al inglés, Robert C. Ambrister de su derrota y los colgó.  Aunque la acción insolente de Jackson provocó un alboroto internacional y se presentaron cargos en su contra en la cámara de representantes de los Estados Unidos, sus aventuras imperialistas recibieron fuerte apoyo de los Estados Unidos y se le exoneró.

Jackson fracasó en su intento por recuperar o castigar a cualquier esclavo fugitivo en la primera guerra Seminole, pero su acoso a España fue exitoso.  Al enfrentarse con la posibilidad de perder Florida a los americanos hambrientos por tierra sin ninguna compensación, el ministro extranjero de España Luis de Onís firmó un tratado con el Secretario de Estado John Quincy Adams en 1819 donde cedía Florida a los Estados Unidos a cambio de que a España se le diera reconocimiento como propietaria oficial de Texas, California y el vasto territorio de Nuevo México.  La adquisición de Florida agregó 151,670 kilómetros cuadrados (58,560 millas cuadradas) al imperio americano de esclavitud y otros 34,817 kilómetros cuadrados (13,443 millas cuadradas) al oeste americano.  Trece años más tarde, como presidente de los Estados Unidos, Jackson subvertiría el Tratado Adams-Onís  para poder extender su imperio de esclavitud a Texas.

El robo de Texas

Stephen F. Austin, fundador de la primera colonia angloamericana en Texas, estaba consciente del peligro que una república mexicana liberal representaba al imperio de esclavitud estadounidense.  En una carta escrita a su prima, Mary Austin Holley, en vísperas de la insurrección tejana en contra de México, Austin le confesó su ambición por el territorio mexicano:

Texas tiene que ser un país de esclavitud.  Ya no cabe ninguna duda.  Los intereses de Louisiana requieren que así lo sea, una población de abolicionistas fanáticos en Texas podría tener una influencia muy perniciosa y peligrosa sobre la población creciente de esclavos en ese estado….  Una gran inmigración de Kentucky, Tennessee, etc., cada hombre con su rifle o mosquete, nos sería de gran utilidad —bastante utilidad en verdad…  Para concluir— Me gustaría una gran inmigración de Kentucky y Tennessee, de todas partes, con o sin pasaportes, de cualquier forma para este otoño e invierno.  Por catorce años esto se me ha hecho muy difícil, pero no va a intimidar mi valentía o amainar mis esfuerzos por completar el objetivo principal de mi labor —el americanizar Texas.  Este otoño e invierno arreglarán nuestro destino —una gran inmigración ajustará las cuentas.

En Texas, el sueño mexicano de una república democrática que incluiría europeos, africanos y nativoamericanos —un sueño que se hizo realidad después de la independencia de España en 1821 —chocó con la pesadilla de una sociedad racista angloamericana fundada en la explotación y esclavitud y empeñada en la expansión y erradicación de toda oposición.  Los invasores anglos de Texas a quienes más tarde se les canonizó como héroes revolucionarios eran una pandilla de especuladores de tierras, dueños y comerciantes de esclavos y asesinos de indios.  Austin, el primero de los especuladores de tierras en Texas, se llevó a varios esclavos consigo cuando inmigró hacia allá en 1821 e hizo más que cualquier otro americano por establecer y defender la institución de la esclavitud en el México de Texas.  James Walker Fannin quien estableció una plantación de esclavos en Velasco y dirigió el presidio en Goliad bajo una sangrienta bandera pirata, se involucró personalmente en el comercio ilícito de esclavos africanos provenientes de Cuba.  James Bowie, el conocido peleador de cuchillos y asesino, fue especulador de tierras y comerciante sin escrúpulos de esclavos que hizo su fortuna al subvertir la prohibición de esclavitud en los Estados Unidos.  Bowie compró esclavos capturados por el pirata Jean Lafitte en Galveston y los vendió con una ganancia inmensa en Louisiana y Mississippi.  William Barret Travis, quien más tarde fue comandante de la fracasada guarnición anglo en el Alamo, ingresó a Texas ilegalmente, e inmediatamente, empezó a comerciar esclavos.  Como abogado, intentó asegurar el regreso de los esclavos fugitivos de Louisiana a quienes se les había dado asilo en el fuerte mexicano en Anahuac.  David (Davy) Crockett, ex-congresista estadounidense y asesino de indios quien había participado en la masacre del pueblo Creek de Tallussahatchee bajo Andrew Jackson, fue a Texas en busca de fortuna en la especulación de tierras.  Y finalmente, pero no menos importante, está Sam Houston, quien entró a Texas en 1832 como un agente secreto para Jackson (a quien habían elegido presidente de los Estados Unidos en 1828) y fue remunerado generosamente por su participación en la toma de posesión americana de Texas —se convirtió en un terrateniente y dueño de esclavos adinerado con una ilustre carrera política en la República de Texas y, después de su anexión, en senador estadounidense para el estado de Texas.

La estrategia utilizada para robar Texas fue una que se probó y comprobó en el sureste y Florida —primero para ocupar y después para tomar el control político por medio de amenazas o armas.  México cayó en la trampa cuando permitió la inmigración en 1821 hacia Texas al otorgar contratos a los empresarios (Austin fue el primer empresario angloamericano) para que se establecieran en la tierra y supervisaran a los inmigrantes.  En ese momento, la economía de los Estados Unidos estaba en una gran depresión, y la posibilidad de tierra barata atrajo a los nuevos inmigrantes y a los americanos de bajos recursos a Texas, donde la cabeza de familia, hombre o mujer, podía obtener 1,865 hectáreas (4,605 acres) de tierra por un costo de $184 (aproximadamente cuatro centavos por acre) pagadero en seis años.  Esto contrastaba profundamente con el costo de tierra no desarrollada en el territorio estadounidense en ese momento —$1.25 por acre por 80 acres ($100), pagadero a los especuladores de tierras al momento de la compra.

Las ofertas de tierras de México fueron más que generosas, pero había estrictas limitaciones para los inmigrantes —la ley mexicana requería que en verdad cultivaran la tierra y específicamente prohibía la especulación de tierras.  Inicialmente, la ley permitió que los inmigrantes llevaran a esclavos consigo, pero declaró que los niños que nacían de los esclavos en territorio mexicano serían puestos en libertad al cumplir catorce años de edad.  La ley también prohibió el tráfico de esclavos en territorio mexicano.  Cuando Austin recibió un permiso para establecer a 300 familias en Texas en 1821, la compuerta se abrió no sólo a la inmigración angloamericana, sino también a la esclavitud y a la especulación de  tierras.  Para 1829 la población libre de Texas era aproximadamente 20,000, y la población de esclavos contaba con 1,100.

Los colonizadores anglos en Texas se dividieron en dos campos —la mayoría eran agricultores y rancheros de subsistencia que estaban dispuestos a vivir y trabajar con sus vecinos mexicanos.  Estos colonizadores eran, en su mayoría, federalistas leales que querían establecer un estado independiente dentro de la república mexicana.  El grupo minoritario de colonizadores anglo —los dueños de esclavos y especuladores de tierras— temían perder sus fortunas bajo la ley mexicana y veían la anexión a los Estados Unidos como su única esperanza.

El general José María Tornel, quien investigó Texas para el gobierno mexicano en 1828-29, vio que se avecinaban problemas e identificó el peligro que representaban los inmigrantes anglos licenciosos.  Sabía cuán importante era el rico territorio para el futuro de los mexicanos y claramente entendió la influencia corrupta de la esclavitud y de la especulación de tierras: “Los especuladores de tierras en Texas han intentado convertirla en un centro comercial de carne humana donde se puede vender a los esclavos del Sur y los de África pueden introducirse, ya que no es posible hacerlo directamente a través de los Estados Unidos”.  El decreto de 1829 de Guerrero, presidente mexicano, abolió la esclavitud en la república, provocó a los dueños de esclavos anglos y a los especuladores de tierras y pavimentó el camino para la insurrección abierta.

La ayuda esperaba a los conspiradores en la Casa Blanca de los Estados Unidos.  El presidente Jackson, quien no podía ayudar a la conspiración abiertamente debido al fuerte debate sobre la esclavitud en los Estados Unidos y las restricciones del tratado Adams-Onís de 1819, inició la primera acción clandestina en contra de una nación extranjera en el territorio estadounidense.  Para ejecutar su plan utilizó a Sam Houston, su protegido político y agente dentro de Texas, y al General Edmund P. Gaines, ahora el comandante del ejército de la División del Suroeste del ejército de los Estados Unidos.

El esquema de Jackson fue un refinamiento de la estrategia que había llevado a cabo en la Florida.  Después de que México se opusiera repetidamente a la venta de Texas a los Estados Unidos, Jackson plantó los cimientos para su plan secreto de toma de posesión al abiertamente declarar que el tratado Adams-Onís se escribió incorrectamente y que la frontera actual entre los Estados Unidos y México no era el Río Sabine (que estaba marcado claramente como la frontera internacional en el mapa original del tratado) sino el Río Neches a 139 kilómetros (86 millas) al oeste.  Los agentes de Jackson abiertamente animaron a los americanos a que ocuparan el territorio “disputado”.  Si el ejército mexicano pudiera ser atraído a través de Neches, Jackson ordenaría al General Gaines que cruzara el Río Sabine para enfrentar al enemigo y así “proteger la vida y territorio americano”.  Encendería la guerra y los Estados Unidos empezaría la conquista, no sólo de Texas, sino también de todo el México que el ejército pudiera tomar.  Las extensas tierras mexicanas de la parte superior de California y Nuevo México, aparte de Texas, habían sido premios deseados por mucho tiempo.

La situación política ya era tensa en 1832 cuando Sam Houston, habiendo llegado directamente después de una reunión con el presidente Jackson en Nashville, entró en Texas e inmediatamente se unió a la facción de colonizadores anglo abogando por una guerra con México.  Estableció un bufete de abogados en Nacogdoches y se convirtió en un delegado de la Convención de 1833 de colonizadores.  Por los próximos dos años, lanzó una campaña implacable por la guerra.  Bajo la intensa presión de otros confederados de Jackson, la Consulta de 1835, la segunda convención de colonizadores, nombró a Houston al puesto de Comandante General y lo autorizó para organizar al ejército regular y prepararlo para la guerra.

El enfrentamiento con México se dio cuando el general Santa Anna cruzó el Río Grande encabezando al ejército mexicano para sofocar la insurrección organizada en el norte.  A diferencia de la leyenda tejana, Houston no tenía la intención de pelear con Santa Anna —su trabajo era lanzarle el anzuelo.  Tan pronto como Houston tomó el mando del ejército de Texas en Gonzales, ordenó que retrocediera.  Las noticias de la derrota de la guarnición anglo en el Alamo y los rumores de que Santa Anna intentaba liberar a todos los esclavos en Texas y alentarlos a ocupar las tierras de sus antiguos dueños precipitó un éxodo masivo a Louisiana.  En lo que se conoce como The Runaway Scrape, los tejanos en pánico, bajo la guía de Houston, llevaron su ganado y esclavos a Nacogdoches, al otro lado del Río Neches y dentro del territorio “disputado” de Jackson.

Tan pronto como el presidente Jackson recibió un informe sobre la situación en Texas, ordenó que el general Gaines reuniera sus fuerzas y se preparara para cruzar el Sabine.  Gaines estaba listo.  Había explorado el sitio de su emboscada con cuidado —San Agustín, localizado 45 kilómetros (28 millas) dentro del territorio mexicano.  El destino de Texas —tal vez todo México— se decidiría en una batalla en la profundidad de un bosque tupido de pinos 58 kilómetros (36 millas) al este de Nacogdoches.  Lo más probable era que ganara Gaines; las tropas de Santa Anna quedarían exhaustas de la larga marcha y estarían operando en un terreno no familiar, mientras las tropas de Gaines estaban frescas y armadas con armas superiores.  Además, Gaines disfrutaba de las ventajas tácticas de resguardo y sorpresa.

Se tendió la trampa y el anzuelo pero nunca funcionó.  Los colonizadores de Texas en el Runaway Scrape descubrieron el plan de Jackson.  Se dieron cuenta que si seguían a Houston a Nacogdoches el control de Texas caería en las manos del presidente y en su camarilla de propietarios de esclavos y especuladores de tierras.  Cuando la milicia de Texas rechazó a Houston y se devolvió para enfrentarse a Santa Anna, no tuvo otra opción que seguirlos.  La derrota del ejército de México en San Jacinto selló el destino de Texas.  Poco después de la entrega de Santa Anna, los especuladores de tierras y los dueños de esclavos de Texas pidieron la anexión inmediata de los Estados Unidos, pero su llamado no recibió respuesta por la oposición de las fuerzas abolicionistas en el senado estadounidense.  Texas no sería parte oficial del imperio estadounidense de la esclavitud por otros nueve años.

La toma de tierras de Texas fue frenética.  El otorgamiento de tierras mexicanas a los blancos había empezado un mes antes de la Batalla de San Jacinto.  La Constitución de 1836, otorgó tierra a todas las cabezas de familia viviendo en Texas el 4 de marzo de 1836, “excepto a africanos, descendientes de africanos e indios”, se les dieron 1,865 hectáreas (4,605 acres) de tierra, mientras a los hombres solteros se les daban 598 hectáreas (1,476 acres).  El siguiente año, la República de Texas repartió más tierra  ya que los botines de la guerra aumentaban —2.6 kilómetros cuadrados (una milla cuadrada) de tierra se le entregó a cada una de las personas que habían participado en la Batalla de San Jacinto, los hombres que habían sido heridos el día anterior, o a aquellos a quienes se les había ordenado que cuidaran del tren de equipaje.  Más órdenes de recompensas se les dieron a todos los hombres que habían participado en la toma de Bexar, en cualquiera de las dos campañas de Goliad, en la batalla del Alamo o a sus sobrevivientes.  Más tarde, las leyes proporcionaron cesiones de terreno generosas para atraer a nuevos colonos y promover la esclavitud.  A pesar de las fronteras disputadas por el oeste y el sur, la insurrección de Texas transfirió otro millón de kilómetros cuadrados (más de 390,000 millas cuadradas) de territorio mexicano a manos de anglos.

La toma de Texas demostró ser una bendición para el imperio de esclavitud del sur.  Aunque no hay un censo fidedigno de la población anglo en la temprana Texas, los listados de impuesto indican que la población de esclavos se expandió de un cálculo aproximado de 5,000 en 1836 a 22,555 en 1845, un incremento de más de un 450 por ciento.  Apenas cinco años después, en 1850, los esclavos superaban en números a los hombres libres en seis condados del este de Texas y representaban entre 25 a 50 por ciento de la población en otros veintinueve.  Para 1861, cuando Texas se separó de los Estados Unidos y se unió a la Confederación, la población de esclavos, que había crecido con más rapidez que la de los ciudadanos libres, estaba llegando a 200,000.

Los desposeídos: Exilio y repatriación

La población mexicana que permaneció en la República de Texas enfrentó una hostilidad abierta y la constante amenaza de violencia.  Muchas familias fueron forzadas a abandonar su tierra, ganado y posesiones y tratar de salvar sus vidas.  Independientemente de su estatus social, ningún mexicano estaba a salvo en el territorio.  La familia de Martín De León, empresario y fundador de la próspera colonia mexicana de Victoria en el sur del Río Guadalupe, huyó a Louisiana detrás de Agapito, uno de sus hijos, fue asesinado por Mabry B. “Mustang” Gray, a quien se le atrapó robando ganado de De León, y Fernando, otro de sus hijos, fue herido en una confrontación similar.  Otros residentes mexicanos de Victoria, incluyendo a las familias Benavides y Carbajal, fueron expulsados de sus granjas y ranchos hacia el exilio.

Juan Seguín, quien había organizado a la unidad mexicana de la milicia de Texas que sirvió como la guardia de resguardo del ejército de Sam Houston, y quien luchó con valentía en la batalla de San Jacinto y fue el único mexicano que sirvió en el senado de la república de Texas, fue atacado por los anglos y eventualmente tuvo que huir a la seguridad de México y llevarse a su familia consigo.  Para fines de 1840 más de 200 prominentes familias españolas que habían vivido en San Antonio desde principios de 1800 habían desaparecido, sus propiedades habían sido confiscadas por los blancos.  El único santuario para los refugiados en la república interina estaba en los asentamientos mexicanos a lo largo del Río Grande, especialmente en el valle bajo del río.

El conflicto armado entre México y el Texas anglo continuó a través del periodo entre la insurrección en 1836 y la invasión de México diez años más tarde.  México no aceptó la pérdida de Texas, y Texas buscó expandir su propiedad territorial a través de la acción militar.  El ejército mexicano entró en Texas en 1842 en una campaña infructuosa para recuperar el territorio perdido, y los anglo-tejanos mandaron una expedición expansionista al territorio de Nuevo México en 1841 que resultó en  un fiasco en Santa Fe.  Los anglos lanzaron una expedición punitiva al estado de Tamaulipas en México en 1842 que terminó en un desastre en la Ciudad Mier.  Finalmente el destino de Texas no se selló hasta que los Estados Unidos declaró una guerra máxima en contra de México en 1846-1848.

La esclavitud continuó siendo un tema candente en la frontera del sur.  Los esclavos fugitivos de las plantaciones del este de Texas y Louisiana sabían que la libertad los esperaba al otro lado del Río Grande.  Y aunque las patrullas de los Texas Rangers, los caza recompensas, los vigilantes armados y la barrera natural del chaparral del sur de Texas los separaba de la libertad, los esclavos continuaron huyendo, con frecuencia con la ayuda de los mexicanos que simpatizaban con ellos.  A los fugitivos se les dio asilo en México y los tiroteos eran comunes cuando los cazadores de esclavos cruzaban el río en busca de sus víctimas fugitivas.  La continua presión de defender y extender el imperio de esclavitud del sur fue un factor primordial en la decisión estadounidense de invadir y conquistar a México.

La guerra de Estados Unidos en México

La guerra de Estados Unidos en México de 1846-1848 fue la primera guerra estadounidense de agresión en contra de una nación soberana y fue el evento que definió las relaciones Estados Unidos-México.  La despiadada invasión estadounidense sorprendió hasta a las naciones europeas que habían estado en guerra con sus vecinos por siglos.  Ulysses S. Grant, quien sirvió en México bajo los generales Zachary Taylor y Winfield Scott, fue comandante de las fuerzas de la Unión en la Guerra Civil americana, y más tarde se convirtió en el dieciochavo presidente de los Estados Unidos, condenó la guerra incondicionalmente en su Personal Memoirs.  La denunció, “como una de las guerras más injustas por una nación más fuerte contra otra débil.  Fue el caso de una república que seguía el mal ejemplo de las monarquías europeas, al no pensar en la justicia en su deseo por adquirir territorio adicional”.

La guerra de Estados Unidos en México representaba el fin de una campaña de treinta años de un imperialismo americano rapaz en el sur y en el suroeste.  La invasión fue planeada y ejecutada por los Estados Unidos para silenciar el reclamo de  México por Texas y expropiar todo lo que la república sureña pudiera tomar a fuerza de armas.  Fue la guerra con México la que Andrew Jackson no logró provocar en 1836.  Y, no menos importante, fue la guerra que intentaba extender el imperio de esclavitud de Estados Unidos a México.  La aristocracia de la esclavitud del sur de Estados Unidos instigó y dirigió la invasión.  El presidente estadounidense de ese momento, James K. Polk era un protegido político de Andrew Jackson.  Tanto el presidente como el general Zachary Scott, el comandante supremo en el campo de batalla de los Estados Unidos, pertenecían a familias esclavistas en el sur.  El general Taylor, quien inició la invasión de México y más tarde se convirtió en el presidente de Estados Unidos, también fue dueño de una plantación de esclavos en Mississippi.  La mayoría de los oficiales del ejército de Estados Unidos que sirvieron en México eran del sur de América y, si no eran dueños de esclavos, apoyaban la institución con entusiasmo.  Aunque la conquista de México al final no extendió el imperio de esclavitud de los Estados Unidos, sí garantizó la supervivencia de la institución en Texas hasta la guerra civil de los Estados Unidos.

La guerra de Estados Unidos en México era inevitable porque los oficiales mexicanos se rehusaron completamente a vender su territorio del norte a pesar de repetidas ofertas de compra por los Estados Unidos.  Cuando los líderes de los Estados Unidos finalmente entendieron que los mexicanos jamán venderían su derecho de primogenitura en Norte América, se comprometieron totalmente con la guerra y buscaron un pretexto para justificar su agresión.  Aunque la estrategia del territorio “disputado” de Jackson fracasó en Texas en 1836, el presidente Polk la ocupó para crear un pretexto para la guerra en 1846.  El territorio “disputado” esta vez fue la ancha franja de tierra de 145 kilómetros (90 millas) entre los ríos Nueces y Grande en el sur de Texas.

Históricamente, el Nueces, que desemboca en el Golfo de México en Corpus Christi, era la frontera norte de Tamaulipas, México.  El presidente Polk exhortó a la República de Texas a que reclamara al Río Grande, que corre al sur aproximadamente paralelo al Nueces y desemboca en el Golfo de Matamoros, como su frontera sur.  Polk sabía que México entraría en guerra debido a la anexión de Texas, y despachó tropas estadounidenses bajo la comandancia del general Taylor a Corpus Christi a la orilla del territorio “disputado”.  En su Personal Memoirs, Grant explicó la misión del ejército de Estados Unidos en el sur de Texas, “Nos enviaron a provocar una lucha, pero era esencial que México la empezara”.  El plan funcionó. Los Estados Unidos anexó a Texas en febrero de 1846, y Polk inmediatamente ordenó que Taylor prosiguiera hacia el Río Grande.  Una de las patrullas de Taylor provocó una escaramuza con un destacamento mexicano y perdió a más de veinte soldados, incluyendo a once muertos, cinco heridos y varios capturados.

Polk inmediatamente hizo un llamado a la guerra.  En su mensaje belicoso al congreso de Estados Unidos, el presidente anunció que, “sangre americana había sido derramada en tierra americana”.  Para contrarrestar la fuerte oposición a la guerra, Polk juntó la propuesta de ley con una ley para designar dinero para apoyar a Taylor y a los soldados que peligraban ante la resistencia mexicana.  Un voto negativo se interpretaría como una traición a las tropas que estaban en el campo de batalla.
Polk recibió su declaración de guerra.

Entrega incondicional

La estrategia americana fue llamar a una guerra total en contra de los mexicanos que sólo concluiría con una entrega incondicional.  La fuerza naval de los Estados Unidos bloqueó los puertos mexicanos para aislar y debilitar a la nación mientras que el ejército condujo operaciones terrestres.  La invasión inicial de los indefensos territorios del norte fue veloz y maquiavélica.  Agentes de los Estados Unidos encabezaron las fuerzas militares para infiltrarse en comunidades mexicanas y sobornar a oficiales claves para dividir y conquistar.  La resistencia a la invasión se trató con medidas draconianas.  Para aterrorizar a la población de Nuevo México hasta la sumisión, el ejército de los Estados Unidos cercó al antiguo Pueblo de Taos y dos líderes de la resistencia local fueron capturados y ejecutados —un guardia asesinó a Tomás Baca, un prisionero de guerra indio, antes de que fuera llevado a una corte militar, y Pablo Montoya, un ciudadano mexicano, fue acusado ilegalmente de traición en contra de Estados Unidos y ahorcado.

Desde el principio de la invasión, se manifestó la abrumadora ventaja de América —los Estados Unidos poseía un poder de armas superior y los comandantes de campo estaban dispuestos a usarlo en contra de blancos militares y civiles.  Los Estados Unidos habían nacido de la sangre en 1776 y se había estado preparando para la guerra desde que se estableció la academia militar estadounidense en West Point en 1802.  Después de estudiar los resultados de las guerras napoleónicas en Europa, el liderazgo de alto rango americano descubrió que los conflictos futuros se decidirían por medio de la artillería y emprendieron un desarrollo de lo más reciente en armas y tácticas de guerra.  La invasión de México serviría como un campo de prueba para la nueva máquina de guerra americana.

El superior poder de armas probó ser decisivo en cada enfrentamiento de la guerra de Estados Unidos con México.  Las fuerzas mexicanas, equipadas con armas inferiores y provisiones insuficientes, les dieron una resistencia enérgica, pero los proyectiles de la  artillería de largo rango golpeó sus fortificaciones y las descargas de las ametralladoras y metrallas arrasaron con los defensores.  A pesar de las grandes pérdidas, el ejército mexicano logró detener la invasión americana al norte de México.  Fue la toma de Veracruz lo que rompió el espíritu de la República Mexicana.

La toma de Veracruz

Con las fuerzas americanas instaladas en el norte, el presidente Polk decidió atacar en el corazón de México.  Veracruz, el principal puerto marino en la costa del golfo de México y el portal a la Ciudad de México, era la meta inicial de la campaña del general Scott en el sur.   En la primera invasión marítima a gran escala en América, más de 200 buques desembarcaron a más de 10,000 soldados, tres baterías de artillería de campo y miles de toneladas de municiones y equipo en terreno mexicano.  Scott rodeó a la ciudad de más de 15,000 personas, incluyendo a una guarnición de 3,360 soldados mexicanos, cortó la provisión de comida y agua y empezó un asedio devastador de 21 días.

No dispuestos a arriesgar vidas americanas en un asalto de infantería, el general Scott decidió bombardear Veracruz con sus baterías masivas de artillería hasta que se rindiera.  El ataque de los cañones comenzó a las 4:15 p.m. el 22 de marzo de 1847, con una artillería de 250 milímetros (10 pulgadas) de proyectiles de mortero que salían de las baterías ubicadas la costa y que llovían sobre la Plaza de Armas en el centro de la ciudad.  A las 5:45 p.m. el asalto estadounidense aumentó con los disparos de artillería de una flotilla de dos barcos de vapor y cuatro goletas anclados firmemente a una milla cerca de Point Hornos. Para apresurar la caída de la ciudad, Scott tenía una batería naval de tres cañones de 12 kilogramos (32 libras) y tres pistolas de 200 milímetros (8 pulgadas) en tierra firme y puestos en posición el día siguiente.  Cuando la batería abrió fuego la mañana del 24 los efectos de los cañones pesados se vieron de inmediato.  Las paredes del fuerte de Veracruz se empezaron a derrumbar y las esquirlas de los proyectiles barrían con la población militar y civil dentro de la ciudad.  Fue una imagen terrible pero lo peor estaba por venir.

El terror de la toma incrementó cuando los lanzacohetes americanos lanzaron cuarenta cohetes Congreve a la ciudad intentando incendiarla.  El 25 siguieron con una descarga de otros 10 cohetes Hale.  Altamente imprecisos, los misiles experimentales raramente dieron en los blancos pero, en el impacto, rebotaron al azar por las calles de la ciudad causando muchas muertes civiles y daños colaterales substanciosos.

La destrucción y matanza dentro de los muros de Veracruz fueron extensas.  El fuego cesó temporalmente a las 5 p.m. el 25 cuando un oficial mexicano emergió de debajo de una bandera de tregua y pronunció una propuesta para la evacuación de mujeres y niños de la ciudad.  Scott negó el pedido y continuó el bombardeo sin cesar a través del viento y lluvia de una tormenta particularmente despiadada que ocurrió durante la noche.  En la mañana del 26, Scott otra vez rechazó el pedido para permitir la evacuación de civiles, pero sí empezó negociaciones para la capitulación de la ciudad.  Continuó exigiendo el rendimiento incondicional y lo obtuvo el 27 de marzo.

Veracruz estaba hecho un desastre.  Durante el bombardeó de cuatro días, la artillería costera americana había disparado 6,700 tiros y cartuchos, un total de 173,000 kilogramos (463,000 libras) de municiones a la ciudad.  Casi un tercio de los misiles (mitad del peso total) eran proyectiles mortales de 250 milímetros (10 pulgadas) que impactaron al azar o explotaron en el aire, dejando caer proyectiles afiladísimos encima de los soldados y civiles.  La armada americana también lanzó 1,800 cartuchos de artillería pesada en la ciudad.  La cuenta final de muertes y dolor en Veracruz era tan desigual como la batalla misma.  Oficiales mexicanos estimaron entre 400 a 500 las muertes civiles y 600 las militares dentro de la ciudad —los americanos perdieron a 13 hombres y 54 fueron heridos.

El capitán Robert E. Lee, un joven oficial de artillería americano quien más tarde comandaría a las fuerzas Confederadas durante la Guerra Civil americana, participó en la toma de Veracruz y grabó sus recuerdos del evento:

Los proyectiles lanzados por nuestra batería eran descargas constantes y regulares,  era tan bello su vuelo y tan destructiva su caída.  ¡Era espantoso!  Me dolió el corazón por los habitantes.  No me importaban los soldados, pero era terrible pensar en las mujeres y en los niños.

El capitán Lee no fue el único en horrorizarse con la toma de Veracruz.  Las naciones del oeste de Europa condenaron tanto el salvajismo de la toma como el imperialismo desnudo de los Estados Unidos.  Pero los Estados Unidos no se desalentó con las críticas y furia internacional; la invasión inmediatamente se encaminó tierra adentro hacia el corazón de México.

Hacia los paredones de Moctezuma: La caída de la ciudad de México

Después de la caída de Veracruz, Scott dirigió el poder de su invasión masiva hacia la ciudad de México.  Los defensores de México se enfrentaron a los invasores americanos en varios puntos a lo largo de la marcha pero siempre perdieron ante la potencia estadounidense y no lograron detener el avance.  El acoso constante de guerrillas retrasó a las fuerzas de Scott, pero no lograron prevenir el ataque a la capital de la República Mexicana.

El destino de la ciudad de México se decidió en el castillo de Chapultepec, localizado  a tres kilómetros (2 millas) al oeste de las puertas de la capital.  Para desmoralizar a los defensores mexicanos y aterrorizar a los habitantes de la capital cercana, Scott ordenó que cuatro baterías de artillería bombardearan Chapultepec durante el día 12 de septiembre de 1847.  El asalto por tierra empezó la mañana siguiente con una descarga de dos horas sobre el castillo, seguida por una tormenta de disparos de todo tipo dirigido a los soldados mexicanos apostados en las afueras de los paredones.  Las unidades de cuatro divisiones del ejército de los Estados Unidos participaron en el ataque de la ciudadela que fue defendida por sólo 832 soldados de infantería con algunos artilleros e ingenieros y un puñado de jóvenes cadetes del colegio militar.  El castillo cayó el 13 de septiembre después de una feroz batalla mano a mano.  Las bajas mexicanas incluyeron a muchos heridos quienes fueron degollados por los americanos y seis cadetes jóvenes del colegio militar en Chapultepec —Francisco Márquez, Agustín Melgar, Juan Escutia, Fernando Montes de Oca, Vicente Suárez y Juan de la Barrera— que pelearon con valentía y se lanzaron a sus muertes desde la torre de la ciudadela en vez de rendirse a los americanos.  Se les llamó con el legendario nombre de Los Niños Héroes, mártires de una guerra injusta.

Los Niños no fueron los únicos mártires de la causa mexicana que murieron en Chapultepec.  A las 9:30 a.m. en el último día de la toma, en el momento preciso en que las estrellas y barras americanas reemplazaron a la tricolor mexicana sobre el castillo, el coronel estadounidense William Selby Harney dio la orden de colgar a treinta irlandeses americanos y a inmigrantes irlandeses del Batallón de San Patricio que habían desertado del ejército de los Estados Unidos para pelear del lado mexicano y habían sido capturados en la Batalla de Churubusco.  Los cuerpos de estos hombres, que habían estado en la horca a plena vista del castillo con las sogas al cuello desde el amanecer, fueron bajados más tarde y enterrados por otros San Patricios que habían sido azotados y marcados con hierro caliente.  Una placa de mármol honrando a los soldados irlandeses americanos está ubicada frente a la Plaza de San Jacinto en la ciudad de México, en el suburbio de San Ángel.

Después de la caída de Chapultepec, Scott movió sus fuerzas a las puertas de la ciudad de México donde la artillería probó ser triunfante otra vez.  La campaña de Scott de asaltar y aterrorizar funcionó —los ciudadanos de la ciudad de México se dieron cuenta que estaban a la misericordia de un enemigo despiadado.  El 14 de septiembre, para proteger a la ciudad de la suerte de Veracruz y Chapultepec, las autoridades mexicanas persuadieron al general Santa Anna para que sacara al ejército mexicano y suplicara al general americano que pensara en acuerdos de capitulación más favorables.  Scott, con sus poderosas pistolas apuntadas al corazón de México, exigió una entrega incondicional.  Los oficiales mexicanos estaban informados de la tragedia de Veracruz y con la matanza de Chapultepec aún ardiendo en su vista, se rindieron.

Para celebrar la toma de la ciudad de México, Scott organizó al siguiente día un triunfante desfile militar hacia la Gran Plaza.  Cuando la resistencia mexicana disparó a las tropas estadounidenses mientras se dirigían a la plaza, los artilleros americanos bombardearon las casas desde las cuales se originó el fuego con un arma Howitzer de 200 milímetros (8 pulgadas).  El fuego esporádico en contra de los invasores de la ciudad continuó hasta el 17 de septiembre cuando los últimos soldados de la resistencia fueron atrincherados y asesinados.  Una vez más, prevaleció la artillería americana —en la batalla por el corazón de México los Estados Unidos sólo perdió a 130 hombres comparado con las más de 3,000 muertes de defensores mexicanos.

La guerra había prácticamente terminado, pero la resistencia continuó después de la caída de la capital.  Las actividades de limpieza tomaron más meses y más vidas mexicanas.  En Puebla, cuatro mil guerrilleros atacaron la guarnición de los Estados Unidos y la asediaron por veintiocho días —pero otra vez el enfrentamiento fue resuelto por el poder de fuego americano. Actos de resistencia se dieron por todos lados pero se les aplastó implacablemente.  A través de toda la campaña estadounidense en México, las acciones guerrilleras en contra de los invasores enfrentó medidas severas —Scott inicialmente había dado órdenes permanentes de que se responsabilizara a los oficiales mexicanos locales de la detención y entrega a las fuerzas americanas de cada mexicano que mató o hirió a un americano.  Si las partes culpables no se entregaban, una multa de $300 se imponía sobre la propiedad personal del alcalde más cercano.  Después de la caída de la ciudad de México, Scott endureció su ley en contra de la resistencia aún más.  Los soldados americanos fueron ordenados de no dar tregua —los sospechosos de ser guerrilleros eran capturados y condenados a la muerte con “debida solemnidad” después de un juicio simulado por tres oficiales del ejército estadounidense.  Las ejecuciones se efectuaron por todo México y ayudaron a extinguir las últimas llamas de la resistencia.

La campaña implacable de Scott que inició en Veracruz y penetró el valle de México hasta llegar a los paredones de Moctezuma ganó la guerra.  Los americanos ocasionaron más de 7,000 bajas en el ejército mexicano y tomaron a más de 3,700 prisioneros.  Además, el ejército invasor tomó por lo menos 75 cañones y 20,000 armas pequeñas, eficazmente desarmando a una joven república mexicana.  Los historiadores americanos que escribieron las crónicas de la conquista no dan estimados del número de las bajas de civiles o la cantidad del daño colateral de la guerra de Estados Unidos en México.

Los Diablos Tejanos

Ninguna historia de la conquista de los Estados Unidos de México está completa sin un recuento de las barbaries cometidas por las compañías de los conocidos Texas Rangers, apodados Los Diablos Tejanos por los mexicanos a quienes aterrorizaban.  Estas pandillas paramilitares condujeron una campaña de muerte y destrucción en el campo mexicano que dejó un legado de odio que sobrevive hasta hoy.  La gran mayoría de los 700 rangers que se dieron de voluntarios para servir en México era un grupo de forajidos sin trabajo de  la frontera de Texas que estaban dispuestos a hacer cualquier cosa por dinero.  Fueron reclutados y encabezados por tejanos que buscaban venganza por lo que consideraban males cometidos por mexicanos en el Alamo, Goliad, Santa Fe y Mier.

Los Diablos asesinaron y saquearon indiscriminadamente.  Estaban armados con lo último en rifles y revólveres y empuñaban fieros cuchillos Bowie, los rangers operaron más allá del control del ejército de los Estados Unidos desde el día en que se reportaron para su función.  Se les despachó como exploradores en el norte de México por el general Taylor, los mercenarios tejanos recorrieron el campo, atracando pueblos, saqueando granjas y disparando o colgando a ciudadanos mexicanos desarmados.

El 9 de julio de 1846, George Gordon Meade, un joven oficial del ejército que, como Grant y Lee, sirvió de general durante la Guerra Civil de Estados Unidos, escribió un reporte mordaz sobre la falta de conducta de los rangers en su jurisdicción:

Asesinaron a cinco o seis personas inocentes que caminaban por la calle, sin ninguna otra razón que para su propio entretenimiento….  Asaltan y roban ganado y maíz de los granjeros pobres y, de hecho, actúan más como un cuerpo de indios hostiles que como blancos civilizados.  Sus oficiales no pueden darles órdenes ni controlarlos.

La compañía de Texas Rangers de Corpus Christi bajo el mando de “Mustang” Gray, el hombre que asesinó a Agapito De León en Victoria, era uno de los peores de Los Diablos.  Dr. S. Compton Smith, un crítico abierto de los Texas Rangers, no fue parco en la denuncia de Gray y su compañía:

La compañía de Texas Rangers… estaba compuesta en su mayoría de aventureros y vagabundos… La pandilla de bellacos bajo el liderazgo de Mustang Gray son ejemplo de esta descripción.  ¡Su grupo, a sangre fría, asesinó a casi toda la población masculina del rancho de Guadalupe, donde ni una sola arma, ofensiva o defensiva, pudo ser encontrada!  ¡Su único objetivo fue el saqueo!

Cuando el general Taylor se enteró de la masacre del rancho de Guadalupe y otras barbaries cometidas por los rangers, intentó frenar a los 700 voluntarios de Texas al amenazarlos con un posible arresto de todos ellos.  Los rangers, ignoraron al general, y él retrocedió.  Después de todo, el reinado de terror encabezado por Los Diablos Tejanos en contra de los mexicanos ayudó a paralizar la resistencia a la invasión y ayudó en la conquista de México.

El Tratado de Guadalupe Hidalgo

México finalmente perdió la guerra debido a la despiadada aplicación de un poder de fuego superior en contra tanto de los blancos militares como de los civiles por las fuerzas del ejército y la armada de Estados Unidos.  Empezó como una guerra de desgaste que los comandantes de campo americanos estaban dispuestos a escalar a una guerra de aniquilación.  Las hostilidades cesaron oficialmente a fines de octubre de 1847, y el Tratado de Guadalupe Hidalgo, firmado el 2 de febrero de 1848, terminó formalmente con el conflicto.  La guerra de Estados Unidos en México aseguró la anexión de Texas como una parte del imperio de la esclavitud del sur y tomó casi la mitad del territorio original de la República de México como botín de la guerra.  A México se le obligó a ceder parte del norte de California y el territorio de Nuevo México (más tarde conocido como los estados de Nuevo México, Arizona, Nevada, Utah y partes de Colorado y Wyoming) a los Estados Unidos —un área total de tierra de 1,370,154 kilómetros cuadrados (529,017 millas cuadradas).  Incluyendo la tierra de la cesión española y la anexión de Texas, para 1848 los Estados Unidos había expropiado un total de 2,567,111 kilómetros cuadrados (casi un millón de millas cuadradas) de tierra a su vecino al sur.

México perdió sus fértiles llanos en las costas de Texas y California y los generosos altiplanos de las mesetas de Edwards y Colorado y el Llano Estacado, vastas áreas que han producido riquezas enormes de minerales, aceite, carne de res, algodón, maíz, azúcar y otras mercancías agriculturales.  Se perdieron los fecundos valles de el Valle Central en California, el Río Gila en Arizona, el Valle Mesilla en Nuevo México y el Valle del Río Grande en Texas, los que eran cornucopias que llegarían a alimentar a gran parte de la población de los Estados Unidos.  A los mexicanos se les robaron los tesoros de la Sierra Nevada, de las montañas Rocky inferiores y las porciones altas de Sonora y Chihuahua que han producido copiosas cantidades de oro, plata, cobre y otros minerales.  Los ríos importantes y abundantes bosques del suroeste americano fueron expropiados.  Los puertos marítimos claves de California y Texas fueron anexados a los Estados Unidos —San Francisco, San Pedro, San Diego, Puerto Isabel, Corpus Christi y Galveston—  todos destinados a convertirse en prósperos centros comerciales e industriales.  A México se le negaron los importantes centros de comercio de Sonoma, Santa Clara, San Juan Bautista, Monterrey, San Luis Obispo, Santa Bárbara, San Fernando, Los Ángeles, La Mesa, San Gabriel, Santa Fe, Albuquerque, El Paso, San Antonio y Laredo —los nombres en español son una protesta contra el robo.

Y, para algunos americanos, la mitad de México no era suficiente.  El mismo presidente Polk estaba decepcionado con las últimas condiciones del Tratado de Guadalupe Hidalgo.  Quería que se dividiera a México en el paralelo 26 por el oeste desde la boca del Río Grande hasta el Océano Pacífico, un plan de anexión que habría incluido casi todos los estados de México hasta ese momento: Coahuila, Chihuahua, Sonora (con su importante puerto de Guaymas) y casi toda Baja California.  Además, quería la zona de México ubicada al este de la Sierra Madre Oriental junto con el puerto de Tampico (los estados que ahora conocemos como Nuevo León y Tamaulipas).  Polk tenía en cuenta que las planicies costeras de Tamaulipas eran tierra fértil para las colonias de esclavos.  Así y todo, el presidente de los Estados Unidos codició y, casi se aseguró, otros 886,000 kilómetros cuadrados (336,000 millas cuadradas) de México como botín de guerra.

Había muchos norteamericanos que querían más que eso.  Una poderosa facción de políticos estadounidenses, especuladores de tierras y capitalistas del norte pidieron la anexión y esclavitud de todo México.  El 10 de noviembre de 1847 el Whig Party en los Estados Unidos publicó su programa para la república vencida:

Se decreta entonces que por la paz y tranquilidad de esta tierra, [México] por la felicidad de estas personas, y para terminar con el derrame de sangre humana, que los Estados Unidos, desde ahora en adelante, da fin a la guerra —se atribuye la conquista completa de México— lo anexa a los Estados Unidos, y a la gente se le requiere que reparen sus respectivos hogares, y que esperen allí el llamado de las autoridades adecuadas de los distintos estados para organizar sus constituciones estatales, que, si son republicanas, serán aceptadas en la Unión….  Todo los que se rebelen, que actúen contrariamente a este manifiesto, serán traidores cuyas vidas y propiedades serán confiscadas.

Muchos de los comandantes de campo americanos que participaron en la invasión de México apoyaron la anexión total.  El general de brigada William J. Worth, un expansionista feroz y racista, fue bastante explícito:

Que nuestra raza está finalmente destinada a invadir el continente entero es demasiado obvio para necesitar prueba… Después de mucha reflexión he llegado a la conclusión de que nuestra norma es que tomemos control de todo México. —Los detalles de la ocupación no tienen importancia—  Me refiero por ocupación a conquista permanente y futura anexión…

Sin embargo, contradicciones internas en los Estados Unidos bloquearon el movimiento hacia la anexión de todo México.  El tema de la esclavitud continuó persiguiendo a los defensores de Free Soil (Tierra libre) estadounidense que temían que la nación conquistada se convertiría en un territorio de esclavos y apasionadamente se opusieron a la anexión.  Los especuladores de tierras y los capitalistas del norte estaban ansiosos por adquirir todo México y venderlo para sacar ganancias como lo habían hecho con el medio oeste y sur americano y se habían puesto del lado de los anexionistas.  Los dueños de esclavos se habían dividido con respecto al tema —algunos abogaron por una expansión sin trabas, mientras que otros temían que si todo México era anexado, podría serlo como tierra libre.  El resultado fue una amarga lucha política en el senado de los Estados Unidos.  Al final, la expansión de la esclavitud, que inicialmente llevó al imperialismo estadounidense al sur y al suroeste, sería el tema que inclinaría la balanza en contra de la anexión de México.

La guerra de los Estados Unidos con México demostró ser suficientemente devastadora sin llegar a la anexión total.  La campaña de treinta y cinco años en contra de España y México llegó a un clímax en el Tratado de Guadalupe Hidalgo que garantizó la esclavitud en Texas y expandió los Estados Unidos desde el Atlántico y el Golfo de México hasta el Océano Pacífico.  A los americanos les gusta disfrazar la apropiación de tierras y llamarla “Destino manifiesto”, pero la historia demuestra verdaderamente lo que es —una mera agresión por un poder superior que le robó a los mexicanos su derecho de primogenitura en América del Norte y paralizó el futuro de una joven república.

La suerte de los conquistados

La lucha por la apropiación de la tierra y los territorios robados no terminó con el fin de la guerra.  Aunque el Tratado de Guadalupe Hidalgo reconoció la legitimidad de las concesiones de terrenos españoles y mexicanos y ofreció a los habitantes mexicanos de los territorios cedidos la ciudadanía americana, la afluencia de hombres blancos despiadados y hambrientos por tierra resultó en una opresión general que propició un exilio y repatriación masivos.  El exilio de los mexicanos de Texas que empezó después de la toma de poder de los anglos de 1836 se intensificó después de la guerra en 1848.  Los refugiados asediados abandonaron sus granjas y ranchos y se mudaron al otro lado del Río Grande a los viejos pueblos mexicanos de Paso del Norte, Guerrero, Mier, Camargo, Reynosa y Matamoros y establecieron los nuevos pueblos de Nuevo Laredo, Mesilla y Guadalupe.

A la población hispano parlante no le fue mejor en la California de posguerra.  Los descendientes de los colonizadores españoles originales, conocidos como californios, enfrentaron problemas similares a los de sus compatriotas en Texas y recibieron la presión adicional de la fiebre de oro de 1849 que atrajo a más de 100,000 recién llegados al territorio, incluyendo a más de 80,000 blancos de los Estados Unidos, 8,000 mexicanos del estado de Sonora, y 5,000 sudamericanos, principalmente mineros de Chile.

Muchos de los problemas en los campos de oro de California surgieron debido a que los sonorenses y los chilenos eran mejores mineros que los blancos y los primeros se convirtieron en blanco de ataque para el resentimiento y la persecución.  La ley de impuestos para mineros extranjeros de 1850 que pasó la legislación de California requería que los extranjeros compraran permisos para buscar oro por $20 al mes (una gran cantidad para aquellos días).  La legislación se había propuesto obligar a mexicanos y chilenos a que abandonaran sus derechos y reducirlos al estatus de obreros.  La ley, sin embargo, demostró no ser ejecutable y el trabajo de privarlos de derechos de concesión tuvo que ser completado por las turbas blancas de linchadores y por pandillas de hombres armados.  Varios de los líderes locales y regionales de estas pandillas sabían cómo hacer el trabajo —habían sido rangers en Texas o en la guerra con México antes de unirse a la fiebre de oro en California.

Los anglos en California acusaron de bandidos a los mexicanos que se defendieron. La intensidad del conflicto local se refleja en la leyenda del bandido Joaquín Murieta, quien causó estragos en la comunidad anglo como venganza por las muertes de su esposa y hermano y por el robo de su mina de oro por los roba-propiedades anglo.  Si Joaquín Murieta existió o no, no importa —los casos históricos de Juan Flores y Tiburcio Vásquez, bandidos que fueron atrapados y colgados por la patrulla ciudadana blanca, son testimonio de la desesperación y odio de los mexicanos desposeídos en California.

En menos de una década, la mayoría de los chilenos y muchos mexicanos en California habían sido repatriados.  La población mexicana que permaneció en California, seguida por sus descendientes y generaciones posteriores de nuevos inmigrantes de México, brindó poder laboral para desarrollar la riqueza del estado de la misma forma en que lo hicieron sus compatriotas en Texas.

Al principio, el futuro de la población mexicana en el territorio de Nuevo México se percibía prometedor.  La superioridad en número, un gobierno representativo y derechos garantizados por el Tratado de Guadalupe Hidalgo inicialmente ofrecían a los mexicanos la posibilidad de mantener su tierra, pero finalmente los rancheros anglos, los especuladores de tierras y los capitalistas extranjeros del este ganaron.  Después de dos décadas de linchamientos, guerras por tierras y pleitos, la mayoría de los nuevomexicanos nativos, como sus compatriotas en Texas y California, se encontraron desplazados y desterrados.

La compra de Gadsden: Regresaron por más

No satisfechos con las grandes concesiones territoriales del Tratado de Guadalupe Hidalgo, los Estados Unidos exigió más tierra a México en 1852.  El descubrimiento de oro en California renovó el interés americano en lo que restaba del territorio mexicano en el suroeste.  Sabiendo que la plata y el oro con frecuencia se encuentran cerca de depósitos de minerales comunes, capitalistas y especuladores americanos pusieron la vista en  estados del norte como Sonora y Chihuahua que contaban con ricos depósitos de cobre.  La frontera establecida por el Tratado de Guadalupe Hidalgo había dejado a México en posesión de la mina de cobre de Santa Rita en el norte de Chihuahua y otros depósitos de cobre conocidos a través del norte de Sonora.  Además,  la planicie al sur del Río Gila proveía una ruta fácil para el ferrocarril transcontinental estadounidense del sureste.  El Tratado de Guadalupe Hidalgo, como el Tratado Adams-Onís de 1819, interfería con los americanos explotadores y debía romperse.

El presidente de los Estados Unidos, Franklin Pierce, designó a James Gadsden, un magnate adinerado del ferrocarril del sur, como ministro de relaciones exteriores con México y lo envió a negociar armado con una zanahoria y una espada.  La zanahoria encerraba la oferta de hasta $25 millones por la tierra y un soborno de $200,000 para Santa Anna, el presidente de una república abatida.  La espada era la amenaza de otra invasión.

La espada estaba en posición de ataque.  Otra vez, los Estados Unidos empleó la estrategia que probó ser exitosa en Florida y Texas —los  inmigrantes anglo se habían estado infiltrando a través del Río Grande y se establecieron en el Valle de Mesilla en Chihuahua desde el fin de la guerra.  Antes de las negociaciones de Gadsden, los soldados americanos se movieron río arriba de El Paso a una posición estratégica donde podían cruzar el río rápidamente para “proteger vidas americanas”.  Santa Anna estaba consciente de la situación en el Valle de Mesilla.  Conociendo la crueldad de los anglos y el no ser inmune a los sobornos personales, Santa Anna aceptó el dinero y ordenó que sus ministros firmaran cualquier oferta que el funcionario americano ofreciera.

Gadsden regresó a Washington con un tratado que cortaba profundamente el territorio mexicano restante.  El nuevo tratado transfería la frontera internacional del Río Gila aproximadamente 200 kilómetros (125 millas) al sur donde ahora se encuentra.  La radical cirugía quebró la parte superior de los estados mexicanos de Chihuahua y Sonora y traspasó otros 78,000 kilómetros cuadrados (30,000 millas cuadradas) de la república mexicana a los Estados Unidos.  Los Estados Unidos sólo pagaron cincuenta y tres centavos por acre de la tierra que se convirtió en parte de los estados de Nuevo México y Arizona.  La traición de Santa Anna enfureció tanto a los ciudadanos mexicanos que se le expulsó como presidente y tuvo que pasar los próximos veinte años de su vida en el exilio.

Como sucediera con el Tratado de Guadalupe Hidalgo, hubo muchos americanos poderosos que querían explotar las debilidades de México para tomar más terreno.  Gadsden había obligado al gobierno mexicano a que firmara tres bosquejos del tratado.  La primera versión, la que confabularon Gadsden y sus ricos asociados, colocaba la frontera internacional en el paralelo 30 desde un punto en la mitad del Río Grande 50 kilómetros (31 millas) al norte del actual río Ojinaga-Presidio cruzando al oeste del Golfo de California.  Este bosquejo también cedía todo Baja California a los Estados Unidos y se habría tragado aproximadamente 341,000 kilómetros cuadrados (132,000 millas cuadradas) más de los del bosquejo que finalmente se adoptó.  El mismo asunto que había frustrado la anexión de todo México igualmente venció el bosquejo más oneroso del Tratado de Gadsden —la expansión del imperio de esclavitud del sur en los Estados Unidos.

El Tratado de Gadsden ratificado por el senado de los Estados Unidos en 1854 completó la toma de tierra americana en el suroeste americano.  Para fines de la campaña de treinta y cinco años en contra de España y México, los Estados Unidos había desmembrado a su república hermana del sur, robando más de 2.6 millones de kilómetros cuadrados (más de un millón de millas cuadradas) de tierra.  En un contexto moderno, el recuento del daño final de México es asombroso —más que un tercio (33.8 por ciento) del terreno de los cuarenta y ocho estados de los Estados Unidos del sur pertenecía a México o a España.  Si se resta el terreno que España cedió aún queda más de un 31 por ciento de tierra de los cuarenta y ocho estados estadounidenses al sur que pertenecía a México.

El Tratado de Gadsden concluyó la toma de tierra americana pero no terminó con la explotación de México.  Desde el fin de la guerra en 1848 hasta el presente, los Estados Unidos ha usado su posición dominante para sistemáticamente saquear los recursos de su vecino del sur y explotar el poder laboral de los mexicanos.

La partición de los EEUU de México

 

Parte II: Explotación

México nunca tuvo la oportunidad de recuperarse de la guerra de 1846-1848.  La brutal conquista militar no sólo le negó a los mexicanos el derecho de primogenitura en el suroeste, sino que permanentemente paralizó la economía, la estructura social y la cultura de una porción sobreviviente de la república del sur.  Además del daño de la guerra, durante el siglo y medio desde la conquista, los Estados Unidos ha usado su posición de poder para subordinar a México a sus intereses depredadores, sistemáticamente saqueando los recursos de su vecino del sur, utilizándolo como un mercado privado para los productos estadounidenses y para la inversión de capital, e implacablemente explota el trabajo de los mexicanos.  La explotación de los trabajadores mexicanos como un ejército en reserva de mano de obra para el capitalismo de los Estados Unidos ha sido especialmente onerosa.  La represión y explotación laboral que se inició inmediatamente después de la conquista militar de 1848 continúa hasta hoy en día.

Capital y trabajo

En las economías capitalistas, el capital privado emplea obreros con sueldo para producir mercancía para el mercado.  Algunos de los costos de producción, como el precio de materia prima, el alquiler, los impuestos, etc., son relativamente fijos.  El costo de la labor, por otro lado, puede variar por un gran número de razones.  En la mayoría de las industrias la mano de obra es un elemento significativo de la producción, y, por ende, el costo de la mano de obra determina las posibles ganancias de esas empresas.  El precio pagado por la mano de obra es, por lo tanto, la base de una lucha entre la clase obrera que vive de la venta de su poder laboral y la clase capitalista que es dueña de los medios de producción y contrata a los empleados.  Los trabajadores intentan maximizar los salarios más efectivamente a través de una negociación colectiva y, si es necesario, hacen huelgas.  Los capitalistas, por otro lado, se adhieren a todo lo que disminuye el costo del trabajo.  Entre las tácticas históricamente utilizadas por los patrones están: romper sindicatos y huelgas, reemplazar a empleados con máquinas, separar a los trabajadores de acuerdo a su raza, edad, género o etnicidad, y, colocar la producción en regiones donde la mano de obra es barata.    Para mantener los sueldos lo más bajo posible y elevar las ganancias, el capitalismo establece y mantiene un ejército laboral en reserva —empleados marginales que son contratados durante periodos de expansión económica, se les pagan salarios inferiores y se les despide durante las bajas económicas.

El capitalismo americano ha utilizado a los obreros mexicanos como un ejército laboral en reserva desde la conquista.  La proximidad de la fuente de labor mexicana a los puntos de producción asegura un abastecimiento abundante de trabajadores en tiempos de prosperidad y facilita la repatriación durante las bajas económicas.  La frontera internacional no es una barrera para esta explotación —el capitalismo de los Estados Unidos apunta a los obreros mexicanos en ambos países.   Como trabajadores emigrantes en los Estados Unidos o como trabajadores de las firmas americanas en México, los obreros mexicanos han sido excluidos de los requisitos de salarios mínimos, beneficios de salud, seguro de indemnización y planes de seguro social.  Además, las regulaciones de salud y seguridad del gobierno han fallado en protegerlos, mientras que la educación y los servicios sociales que ellos y sus familias han recibido tanto en México como en los Estados Unidos han sido mínimos.  A causa de estos salarios y condiciones de trabajo inferiores, la mano de obra mexicana ha sido una fuente de enormes súper ganancias (ganancias obtenidas por encima de aquéllas que se exprimieron de los obreros nativos) para el capitalismo americano.

La burguesía americana ha protegido celosamente esas súper ganancias.  Para fines del siglo diecinueve las compañías reclutaron, con regularidad, la ayuda de maleantes a contrato, oficiales locales de la ley y agencias estatales como los Rangers de Texas y Arizona para proteger sus súper ganancias a través de la represión evidente de la mano de obra mexicana.  Desde principios del siglo veinte, los capitalistas americanos han dependido del gobierno federal para regular al ejército en reserva de la mano de obra mexicana.  La patrulla fronteriza se estableció en 1924 para controlar la inmigración laboral y continúa actuando como un guardián del capitalismo de los Estados Unidos, abriendo y cerrando la frontera a los trabajadores mexicanos conforme lo dictan las necesidades de la economía de los Estados Unidos.  Las leyes de inmigración y las leyes gubernamentales alternativamente han animado a los trabajadores mexicanos a inmigrar o los han sometido a la represión y deportación masiva para satisfacer las necesidades del capitalismo estadounidense.  Además, para poder asegurar un abastecimiento económico de mano de obra mexicana, el gobierno de los Estados Unidos ha intervenido periódicamente en la política doméstica de México.

Trabajadores del norte

La explotación a gran escala de los obreros mexicanos empezó con la anexión del norte de México.  Entre 1850 y 1880, más de 55,000 trabajadores mexicanos migraron a los Estados Unidos para convertirse en braceros en regiones que originalmente habían sido territorio mexicano. Un sinnúmero de trabajadores mexicanos también se emplearon en las industrias mineras y de ferrocarril en los Estados Unidos.  De hecho, el 60 por ciento de los mineros y trabajadores del ferrocarril en el oeste y suroeste americano durante este periodo eran mexicanos.  Desde el principio, tanto los salarios como las  condiciones de trabajo de los trabajadores mexicanos en los Estados Unidos estaban muy por debajo de las de los empleados blancos.

Los colonos anglos y los capitalistas inundaron el territorio anexado, y para 1860, apenas seis años después de la Compra de Gadsden, el nuevo orden económico del suroeste americano ya se había establecido con trabajadores mexicanos y sus familias en el último peldaño de la escala.  Aunque tanto el Tratado de Guadalupe Hidalgo como la Compra de Gadsden garantizaron los derechos de propiedad antes de la guerra, la mayoría de los terratenientes mexicanos perdieron sus propiedades y fueron repatriados o sumidos en las filas de la clase obrera mexicana del suroeste.  Como sus compatriotas desterrados, tenían que ganarse la vida como obreros asalariados —carpinteros, herreros, cargueros, sirvientes, mineros, mano de obra y braceros —y, siempre y en todos lados, con salarios inferiores a los de los trabajadores blancos.

Los empleados mexicanos probaron que eran esenciales para la expansión de los ranchos ganaderos y la producción de la agricultura de California a Texas.  Efectivamente, la fuerza laboral mexicana impulsó la revolución de la agricultura del suroeste que se llevó a cabo entre 1900 y 1920 y contribuyó al desarrollo en su totalidad de América.  Sin embargo, fue la primera guerra mundial la que aumentó la demanda de mano de obra mexicana en los Estados Unidos.

¡Bienvenidos!
La primera guerra mundial y la demanda de mano de obra mexicana

La primera guerra mundial empezó una lucha entre los poderes imperiales del oeste de Europa sobre la explotación y división del mundo.  La revolución industrial y el desarrollo del capitalismo exigió un acceso a materias primas y mercados alrededor del mundo y llevó a las naciones industrializadas hacia un conflicto militar.  Los Estados Unidos, cuyos intereses primarios radican en dominar el hemisferio oeste y penetrar el Extremo Oriente, fueron arrastrados al conflicto por sus vínculos económicos con el oeste de Europa, principalmente Inglaterra.  Cuando el lucrativo comercio del tiempo de guerra con Inglaterra se interrumpió, los Estados Unidos declararon guerra en contra de Alemania.  La participación de América en la primera guerra mundial creó una demanda colosal por productos de guerra y una aguda escasez de mano de obra al mismo tiempo.  Para 1918, la cumbre de la guerra, los Estados Unidos estaba despachando 150,000 tropas al mes para servir en Europa, una disminución de mano de obra que produjo una escasez de labor doméstica sin precedentes.

Durante esta crisis de capitalismo y guerra, las cuotas de inmigración legal para México fueron ignoradas para satisfacer la creciente necesidad de mano de obra en los Estados Unidos.  Desde California a Texas, los funcionarios de inmigración no interfirieron con los reclutas laborales que operaron libremente en ambos lados de la frontera para contratar a trabajadores mexicanos para negocios americanos.  Sus oportunidades de empleo iniciales se dieron en la agricultura con sueldos bajos, pero tan pronto como los inmigrantes pudieron, se movieron a empleos en industrias o servicios que pagaban más.  Demostraron ser trabajadores capaces, funcionando bien como maquinistas, mecánicos, carpinteros, pintores y plomeros.  Los inmigrantes mexicanos, tanto legales como ilegales, contribuyeron no sólo al esfuerzo de  la guerra, sino también al desarrollo económico total y a la prosperidad de los Estados Unidos durante los años veinte.  Ellos, sin embargo, no tenían un futuro en la nación que ayudaron a crear.

¡Adiós!
La gran Depresión y las deportaciones masivas

Durante los años veinte, la disminución en los márgenes de ganancia provocaron una crisis mundial en el capitalismo conocida como la Gran Depresión.  La caída de la bolsa de valores de 1929 paralizó a la industria americana e históricamente produjo los mayores índices de desempleo.  Los empleados mexicanos y méxicoamericanos junto con los afroamericanos y otras minorías, fueron elementos vulnerables en la reserva del ejército industrial y unos de los más dañados.  El contragolpe político a las necesidades económicas generales de ese tiempo, que debió haberse apuntado al sistema capitalista de explotación, cayó, en cambio, sobre las minorías y sus familias.  Los inmigrantes mexicanos, a quienes se les dio la bienvenida durante la prosperidad económica de los años de guerra, fueron los chivos expiatorios durante la depresión y fueron sujetos a ataques racistas y a severas restricciones de inmigración.

El congresista Eugene Black de Texas, que atestiguó frente al Comité de Inmigración y Naturalización de la cámara de representantes de los Estados Unidos en 1929, sostuvo que se debía imponer un estricto sistema de cuotas en los mexicanos porque, en sus palabras, ellos eran, “porta-bacterias, inasimilables, personas que están con nosotros pero no son parte de nosotros y no son para nosotros”.  Ellos tienen, argumentó, un alto “porcentaje de pauperismo moral y financiero, no tienen la capacidad de desarrollarse más allá de esa condición cuya influencia está desgarrando el tejido de nuestra fábrica social…”

El senador Box, también de Texas, escribió una propuesta de ley para restringir la inmigración mexicana a los Estados Unidos y lanzó un argumento igualmente prejuicioso: “Las clases blancas dominantes de México, relativamente pocas en número, cualquiera que sean esos números, no emigran.  Hay otra gran clase de gente mexicana a quienes a veces se les llama ‘grasosos’ y otros nombres no agradables, gran parte de ellos son los que normalmente llamamos ‘peones’, y de esta clase estamos recibiendo esta gran migración.  Es un elemento racial malo”.

La histeria anti-inmigrante generada durante la Gran Depresión ayudó a difundir la bomba de tiempo política de desempleo masivo en los Estados Unidos y directamente culminó en la deportación masiva de mexicanos.  Entre 250,000 y 350,000 trabajadores mexicanos y sus familias, entre ellos se incluían niños nacidos en América (y por ende ciudadanos americanos), fueron deportados durante la próxima década.  Se calcula que la población mexicana de los Estados Unidos disminuyó un 40 por ciento durante esos diez años.  El estado de Indiana perdió tres cuartos de su población mexicana y otros doce estados —Colorado, Illinois, Idaho, Kansas, Michigan, Montana, Ohio, Oklahoma, Pennsylvania, Utah, Wisconsin y Wyoming —todos perdieron más de la mitad.

El impacto de las deportaciones masivas de inmigrantes mexicanos fue devastador.  Los deportados con frecuencia perdieron su propiedad personal, automóviles, hogares, negocios y otras inversiones en América.  En  muchos casos, no se les permitía el tiempo necesario para recoger sus cheques o cerrar sus cuentas bancarias antes de ser deportados.  La campaña de deportación reaccionaria dividió familias y destruyó comunidades.  Los hijos de inmigrantes fueron arrancados de sus escuelas, barrios y amigos y fueron embarcados con sus padres y parientes, y a veces solos.  Los deportados y sus familias eran frecuentemente transportados a la ciudad fronteriza más cercana y agentes armados de la patrulla fronteriza o tropas de la guardia nacional les obligaban a cruzar el puente internacional advirtiéndoles que no regresaran jamás.

México, que había entrado en una fuerte depresión financiera desde 1911, no estaba preparado para recibir la avalancha de deportados, muchos de ellos eran indigentes cuando llegaron.  Las consecuencias sociales y económicas del ya alto índice de desempleo en México se colapsaron con la fulminante presión de las deportaciones masivas desde los Estados Unidos.  Ni los empleos ni los servicios sociales básicos estaban disponibles para los repatriados.

Por lo tanto, México, que había sido una fuente primordial de mano de obra barata durante la guerra, se convirtió en el basurero de los problemas del capitalismo americano.  Y mientras los políticos estadounidenses se jactaron de haber cumplido su deber patriótico para proteger a América de “elementos extranjeros indeseados” pocos americanos estaban dispuestos a ver las consecuencias humanas de la política de Estados Unidos hacia México.  Un observador de la era de la depresión preocupado con las deportaciones masivas, sin embargo, hizo una pregunta clave: “¿Se volverá a traer a los inmigrantes mexicanos cuando se den tiempos de prosperidad para que se les trate como ‘mano de obra barata’ y se  les regresará sin dinero a sus parientes empobrecidos?”  El programa Bracero que se instituyó durante la segunda guerra mundial proporcionó una respuesta afirmativa a esa pregunta.

¡Bienvenidos, otra vez!
La segunda guerra mundial y el programa Bracero

La segunda guerra mundial, un conflicto global de extensa muerte y destrucción que eclipsó los horrores de la primera guerra mundial fue un resultado directo de la Gran Depresión y, al mismo tiempo, rescató al desmoronado sistema del capitalismo mundial.  El imperialismo estadounidense, que había capturado a las Filipinas y tenía como blanco a China, había entrado en conflicto cuando las fuerzas japonesas atacaron a la armada americana en Pearl Harbor en 1941.  Una vez más, en tiempos de crisis, el capitalismo americano se volvió hacia México para satisfacer sus necesidades de mano de obra.

Ernesto Galazar, el cónsul mexicano en Washington D.C. durante el Tratado Bracero firmado en 1942, explicó las conexiones entre la guerra y el acuerdo laboral.  La expectativa de la producción de guerra, observó, había aumentado la demanda de trabajadores agrícolas en los Estados Unidos mientras que el reclutamiento militar y la expansión industrial abusaban del abastecimiento de labor local y nacional.  Galazar, dando voz mexicana a las exigencias americanas, anunció que México era una “reserva natural” de mano de obra para la manutención de la agricultura y del ferrocarril de los Estados Unidos y agregó que México deseaba colaborar con los esfuerzos de la guerra de América al proporcionar esa mano de obra.

Incluso si los trabajadores mexicanos “deseaban” o no cooperar en el esfuerzo bélico de los Estados Unidos, éstos contribuyeron mucho a la economía americana.  Durante la segunda guerra mundial y la guerra fría que le siguió, tantos como 5 millones de ciudadanos mexicanos fueron importados para trabajar en los Estados Unidos.  Durante el periodo de auge, más de 400,000 mexicanos firmaron contratos y cruzaron la frontera cada año.  La ciudad de El Paso por sí sola presenció un cruce anual de 80,000 trabajadores mexicanos.

Las experiencias de los braceros que entraban a los Estados Unidos por El Paso eran  muy similares a las de los empleados mexicanos que se ocuparon por el suroeste.  Los empleados reclutados en los centros urbanos como Chihuahua firmaron contratos con el gobierno de los Estados Unidos y después viajaron en tren a Ciudad Juárez donde esperaron a que los funcionarios de inmigración sellaran sus permisos y los acompañaran hasta que cruzaran el puente.  Desde El Paso, se les llevaba a un recinto de trámites y reserva en Fabens, en el valle del Río Grande, donde se les espolvoreaba con polvo DDT y se les daba su primera comida en América, usualmente carne barata o mantequilla de maní en pan viejo.  En Fabens, los granjeros y rancheros de la zona venían a inspeccionar a los braceros y a contratar a los que querían.  Los hombres eran después transportados a las granjas y a los ranchos en Texas y en Nuevo México donde vivían y trabajaban el tiempo que duraban sus contratos.

Los campos de trabajadores donde los braceros se alojaban estaban aislados y en ruinas, pocas veces cumplían con el estándar de vida garantizado para los empleados según el Tratado del Bracero.  Las típicas cabañas con pisos de tierra no contaban con plomería, en muchos casos ni con electricidad, y, muchas veces, no tenían vidrios en las ventanas.  Les proporcionaban estufas de leña para cocinar y calentarse, pero conseguir combustible era responsabilidad de los inquilinos.  Las tiendas de las compañías en los campos de trabajo más grandes vendían mercancía a altos precios a los braceros y regresaban una gran proporción de sus salarios a los patrones.

El sistema de salud y la protección de seguridad ocupacional ofrecido a los empleados mexicanos bajo el Tratado del Bracero era el mismo que garantizaba los mismos derechos a los trabajadores de agricultura nativos, el que, de hecho, no existía.  Los braceros se enfermaban y se lesionaban con frecuencia por las malas condiciones sanitarias y de trabajo y aquéllos que sí recibían cuidado médico en los Estados Unidos con frecuencia recibían cuidado de un veterinario y no un médico.

Las condiciones laborales para los braceros eran duras.  La jornada de trabajo bajo el contrato indicaba que empezaba a las 6 a.m. y terminaba a las 5 p.m. y consistía de trabajo de campo (recogiendo algodón, cosechando verduras o escardando o entresacando las cosechas con un azadón de mango corto que dañaba la espalda) o cuidando del ganado.  Con frecuencia los hombres tenían que desempeñar trabajos adicionales en las granjas por las tardes o los domingos y casi nunca se les pagaba por el trabajo extra.  El pago mínimo citado en el Tratado del Bracero era 30 centavos por hora, y a mediados de los años 50 un buen cosechador de algodón podía ganar $30 a la semana.  Jesús Campoya Calderón, un bracero de San Diego, Chihuahua, reportó que en una temporada, “Trabajé por cuatro meses, siete días a la semana, por lo menos 12 horas todos los días y me llevé a casa casi 300 dólares”.  Agregó, “Esos eran días muy buenos…”

Una vez a la semana, llevaban a los braceros  a un pueblo local a comprar abarrotes y cigarros o a enviar dinero a casa, pero no se les acogía socialmente.  A pesar de las cuantiosas cantidades de dinero que los mexicanos gastaban en las comunidades rurales, se les negaba el servicio en muchos lugares públicos como cafés, peluquerías y cines, a menos de que la municipalidad hubiera segregado un “pueblo mexicano” para atenderlos.

Las condiciones del tratado postulaban que a los braceros se les permitía traer a sus familias consigo y, después de que se establecieron, muchos de los empleados mandaron a buscar a sus seres queridos.  Las condiciones sociales que enfrentaban las familias de los inmigrantes en los Estados Unidos eran deplorables —en las comunidades segregadas del suroeste, a los mexicanos no se les acogía en la iglesias blancas, y, en muchos distritos, a sus hijos no se les permitía asistir a las escuelas públicas con los niños blancos.  En las comunidades más intolerantes, a los pacientes mexicanos no les admitía en los hospitales locales.

A pesar del mal trato que los braceros y sus familias recibieron en los Estados Unidos, muchos de ellos no regresaron a México al terminar sus contratos —vivir como inmigrante ilegal en los Estados Unidos ofrecía mejores posibilidades económicas que regresar a casa.

Para fines de los cuarenta, la inmigración de México había disminuido, pero la guerra de los Estados Unidos con Corea en 1950 inició otra escasez de mano de obra que se abasteció con el renacimiento del Programa Bracero en 1951.  Sin embargo, la severa recesión económica que siguió a la Guerra de Corea, al igual que la Gran Depresión, ocasionó una reacción violenta que condujo a la política más reaccionaria que jamás se haya instituido en contra de los mexicanos en los Estados Unidos —Operación Mojado.

¡Hasta la vista!
Operación Mojado

La segunda ola de deportaciones masivas de trabajadores mexicanos y sus familias se dio inmediatamente después de la Guerra de Corea.  La licencia de miles y miles de soldados estadounidenses y una recesión posguerra creó altos índices de desempleo y redujo la demanda de mano de obra inmigrante barata.  La respuesta oficial del gobierno de los Estados Unidos para los obreros mexicanos desplazados fue la Operación Mojado.  Joseph Swing, un general jubilado del ejército, comisario del departamento de Inmigración y Naturalización bajo el presidente Eisenhower condujo una redada y deportación de emigrantes mexicanos como si fuera una campaña militar.  Swing reorganizó la estructura de comando de la patrulla fronteriza siguiendo el modelo militar, vistió a los agentes con nuevos uniformes color verde bosque, obtuvo vehículos modernos y repartió armas nuevas más poderosas. El general utilizó al recientemente formado Mobile Task Force (destacamento móvil) para intimidar a la comunidad emigrante y maximizó la efectividad de su mando.  Swing también reclutó la ayuda de las autoridades locales, de condados, estatales y otras federales, incluyendo a las unidades militares, en Operación Mojado.

Las redadas del Mobile Task Force empezaron en California en 1953 y se movieron a Texas a mediados de julio en 1954.  Desde el valle del Río Grande, el Task Force se dirigió al norte por los estados del medio oeste que contaban con numerosas poblaciones mexicanas.  Aunque la Operación Mojado oficialmente tenía como blanco sólo a los inmigrantes ilegales, muchos residentes legales se vieron atrapados en la red y terminaron en México, igual como había sucedido en las redadas de la Gran Depresión.  A diferencia de las deportaciones de la depresión que depositaban a los inmigrantes en la frontera, durante la Operación Mojado el departamento de inmigración transportó a los deportados en autobuses, camionetas, trenes y barcos al interior de México para hacerles más difícil el retorno a los Estados Unidos.  A los inmigrantes ilegales detenidos en el medio oeste se les envió en avión a Brownsville y se les deportó desde allí. Muchos mexicanos fueron transportados de Puerto Isabel a Veracruz en barcos atestados y sucios.  La deportación en barco, sin embargo, se suspendió cuando siete deportados saltaron por la borda del Mercurio y se ahogaron.  Sus trágicas muertes provocaron una sublevación y una protesta popular en México.  Las deportaciones cesaron en el otoño de 1954 cuando se le acabaron los fondos al departamento de inmigración.

Es difícil estimar cuántos mexicanos fueron expulsados de los Estados Unidos por la Operación Mojado, pero el departamento de inmigración indica 1,300,000 casos, cinco veces más que los inmigrantes que fueron desplazados durante la Gran Depresión.  El departamento de inmigración en San Antonio, que abarcaba el área al este de El Paso y Trans-Peco, oficialmente reportó que había detenido a más de 80,000 mexicanos indocumentados, y los oficiales estimaban que unos 500,000 a 700,000 inmigrantes más en el distrito salieron del país temiendo al Mobile Task Force. La cuenta exacta de la Operación Mojado jamás se sabrá, pero el impacto que tuvo en la comunidad mexicana fue destructivo.  Una vez más, como en los años treinta, las familias fueron desterradas y devastadas, y las comunidades inmigrantes fueron destruidas.  Y, otra vez, como en la Gran Depresión, las deportaciones a México ayudaron a desactivar la bomba de tiempo política de desempleo masivo en los Estados Unidos y rescataron al capitalismo americano por segunda vez.

El Tratado Bracero se anuló oficialmente en 1964 después de que los abusos extensos del programa fueron expuestos e incendiaron un alboroto político en ambos lados de la frontera.  Sin embargo, la explotación de la mano de obra mexicana ha sido constante.  Los inmigrantes mexicanos tanto legales como ilegales continúan trabajando duro en los hogares, campos y fábricas de América.  El fin del Programa Bracero también preparó el terreno para una nueva y descarada estrategia para la explotación de la mano de obra mexicana —el capitalismo estadounidense trasladó la producción al otro lado de la frontera a México.

Hecho en México:
Maquiladoras

El implacablemente capitalismo busca la mano de obra más barata para poder maximizar sus ganancias, y el capitalismo estadounidense no es una excepción a la regla.  La industria americana empezó un movimiento de talleres fugitivos a fines de los años cincuenta que trasladó gran parte de la manufactura del noroeste y medio oeste altamente sindicalizado al sur de América para explotar la mano de obra barata, sin sindicatos, blanca, afroamericana, méxicoamericana y mexicana.  Para mediados de 1960, los empleados estadounidenses cruzaron la frontera a México para tomar ventaja de la gran fuente de desempleo de trabajadores mexicanos creada por la culminación del Programa Bracero.  El gobierno mexicano, bajo la presión de un desempleo masivo y poco dispuestos a rectificar la economía mexicana, acomodaron a los Estados Unidos al adoptar el programa Border Industrialization Program BIP (Industrialización de la Frontera) en 1965, que permitió el establecimiento de maquiladoras en el lado mexicano de la frontera internacional.  A estos negocios se les permitía importar componentes libres de impuestos para ensamblar en México y después re-exportar el producto final, con una tarifa nominal, de vuelta a los Estados Unidos.  A las maquiladoras se les otorgaron más ventajas de impuestos.  Las compañías de dueños extranjeros que se instalaban en México y contrataban a empleados mexicanos tenían que pagar sólo 5 por ciento de impuesto en bienes inmueble y otras pequeñas cuotas al gobierno mexicano.

La explotación de trabajadores mexicanos por el sistema de las maquiladoras, que cuenta ya con cuarenta años de antigüedad, continúa siendo una fuente de súper ganancias masivas.  Los capitalistas, siempre enfocados en la última línea, ahorran hasta el 75 por ciento del gasto en mano de obra comparado con los trabajadores americanos y evitan todos los costos sociales de la industrialización que habrían tenido que pagar al norte de la frontera.  Las firmas americanas han respondido a la atracción de mano de obra barata y a las ventajas de impuesto con entusiasmo —para 1990 había más de 1,500 maquiladoras explotando a más de 400,000 trabajadores operando en ciudades mexicanas al filo de la frontera.  Para 1995, estos números se más que duplicaron  y las fábricas habían empezado a extenderse al interior del país.  En junio de 2001 el número de maquiladoras llegó a su punto más alto, 3,763.  Para ese tiempo, 1,347,803 mexicanos estaban trabajando en fábricas de dueños extranjeros, en su mayoría americanos, dentro de México.

En conjunto, la exportación de trabajos industriales a México ha sido una bendición para el capitalismo americano, le ha dado a las corporaciones las ganancias más altas.  A parte de mano de obra barata y bajos impuestos, la industria mexicana de las maquiladoras ofrece a los empresarios extranjeros ventajas adicionales incluyendo tarifas subvencionadas para la electricidad y el agua, parques industriales financiados estatalmente y la aplicación relajada de las leyes laborales y ambientales.  Y lo que es clave para la explotación continua de los trabajadores mexicanos, el gobierno mexicano garantiza “un clima de paz laboral” al controlar a los sindicatos y prevenir huelgas o retrasos por parte de los empleados de las maquiladoras.

Aunque los negocios americanos han cosechado grandes ganancias del sistema de las maquiladoras, los efectos en los empleados mexicanos han sido mixtos.  Mientras se han creado muchos empleos, los salarios actuales y las condiciones laborales se parecen a las de los Estados Unidos hace cien años.  La jornada de trabajo típica en la maquiladora consiste de 9 a 9 1/2 horas de trabajo pesado de ensamblaje en operaciones monótonas y repetitivas conducidas a un ritmo acelerado bajo condiciones de trabajo inadecuadas.  La mayoría de los trabajadores son mujeres jóvenes entre catorce y veinticinco años porque son más fáciles de intimidar y trabajan por menos que los hombres.  El acoso sexual en el trabajo es común y los abusos raramente se castigan.  Los empresarios les hacen pruebas de embarazo antes y periódicamente durante su empleo y se despide a las que se embarazan para evitar pagar beneficios de maternidad.  Los peligros para la salud en la zona de trabajo no son controlados, pero los empleados, temiendo perder sus trabajos, raramente se quejan.  Para complicar las cosas, las leyes de seguro social que están en vigencia en México, no reconocen enfermedades ocupacionales por lo que los empleados no reciben compensación si su salud se daña en el trabajo.  No es de sorprender que la rotación de empleados de maquiladora se estime en un 20 por ciento por mes.

Para empeorar las cosas, los salarios han disminuido continuamente en la industria de las maquiladoras de $1.38 por hora en 1982 a menos de $.50 por hora en 2001.  El sueldo mínimo actual en la maquiladora es de $3.50 por día, está debajo del nivel de ingreso de subsistencia hasta en México.  Con los altos precios existentes en bienes y servicios en la frontera, se toma cuatro o cinco veces el sueldo mínimo actual para cubrir las necesidades básicas de una familia promedio.

El problema de la contaminación ambiental creado por las maquiladoras es un escándalo internacional.  Muchas de las materias tóxicas prohibidas en los Estados Unidos son ampliamente utilizadas en México porque no hay una legislación que las controle.  De hecho, muchas de las industrias en Estados Unidos se trasladan a México principalmente para poder usar esos materiales con impunidad.  Los problemas ambientales se extienden más allá de los sitios de las fábricas.  La inadecuada depuración de los desperdicios tóxicos en México ha llevado a la contaminación del aire, tierra y agua tanto en la superficie como debajo de ella.  El Río Grande, que recibe gran parte del afluente contaminado de las maquiladoras en la frontera, se usa para regar las cosechas en ambos lados de la franja.  El resultado de la contaminación ambiental está causando problemas de salud extensos en el valle inferior del Río Grande y está produciendo una zona muerta en el Golfo de México que compite con el páramo marino en la boca del Río Missisipi.

Ciudad Juárez: Instantánea de una ciudad maquiladora

Ciudad Juárez ofrece un retrato crudo del impacto político, social y ambiental del sistema de las maquiladoras en México.  Esta ciudad de 1.3 millones de ciudadanos tiene aproximadamente 340 maquiladoras que emplean a más de 150,000 trabajadores.  Pero la influencia de las maquiladoras se extiende más allá de sus empleados inmediatos.  Muchos otros trabajos en la ciudad radican en negocios y agencias públicas que sirven a las maquiladoras con viviendas, servicios de comida, protección de policía, bomberos, obras públicas y escuelas públicas que enseñan a los hijos de los empleados de las maquiladoras.

En Ciudad Juárez, como en todos lados, el poder económico se traduce a un poder político.  En esta ciudad donde la mitad de la población vive en casas sin drenaje, los funcionarios del municipio tomaron como máxima prioridad el acoger a las fábricas de dueños extranjeros.  El plan oficial de desarrollo de 2010 para la ciudad se centra en proyectos de pavimentación y en el desarrollo de calles entre las maquiladoras y los cruces fronterizos, mientas que ignora los servicios sociales que impactan la calidad de la vida diaria de los ciudadanos mexicanos.

La vida familiar, la fundación de cada comunidad, se ha deteriorado bajo la influencia de las maquiladoras.  Casi la mitad de las familias que residen en las casas de adobe de dos o tres cuatros en los barrios de las clases obreras de Juárez están encabezadas por madres solteras, muchas de las cuales trabajan duro por largas horas en las maquiladoras por sueldos de subsistencia.  El estrés en las familias ha llevado a problemas crónicos de salud, violencia familiar y explotación laboral infantil.  Los niños sufren más que nadie.  Debido a que no hay programas de cuidado para niños, los niños usualmente se quedan solos en casa todo el día y son presa de las peores dimensiones de la cultura de la calle, como la drogadicción y la violencia de pandillas.  Ciudad Juárez, de cualquier forma que se le mida en el progreso social, está retrocediendo en vez de avanzar bajo la influencia de la industria maquiladora.

Ambientalmente, la ciudad es una catástrofe.  Ciudad Juárez, con su smog persistente, amplios basureros de desperdicios y agua contaminada (todo exacerbado por la maquiladoras) es el peor punto de contaminación a lo largo de los 3,033 kilómetros (1,885 millas) del Río Grande.

La frontera:
Ciudades de crecimiento rápido y empleados derrotados

La situación en Ciudad Juárez no es una excepción.  Los millones de empleos creados a lo largo de la frontera desde 1965 han provocado una migración masiva al norte, pero las vidas de los trabajadores mexicanos no han mejorado bajo el reinado de las maquiladoras.  Desde la crisis económica de México en 1982, los sueldos han disminuido y las condiciones laborales se han deteriorado en el sector de la maquiladora, reflejando el estancamiento de la economía mexicana en general.  Los Estados Unidos no perdió tiempo en explotar la crisis.  Durante la prosperidad repentina del petróleo en los setenta, los capitalistas de finanzas del norte habían proporcionado crédito fácil a la burguesía mexicana que desenfrenadamente compró todo lo que pudo e hipotecó el futuro del país.  La explosión económica de principios de los ochenta ofreció a los Estados Unidos y a otros acreedores una oportunidad dorada. Por medio del Banco Mundial y la Organización Mundial de Comercio insistieron en la devaluación del peso y la imposición de programas de austeridad financiera en el país para poder repagar los préstamos pendientes y, al mismo tiempo, intensificar su control sobre la economía mexicana.

Los programas de austeridad doméstica impuestos en México se promovieron bajo el lema de “se sufre un poco para ganar mucho”.  El gobierno mexicano que temía perder el crédito del norte y no estaba dispuesto a rectificar la economía para beneficiar a la clase obrera, consintió a los siguientes programas de austeridad que libraron dinero para pagar las deudas y abrieron a México a más penetración y explotación por parte de los Estados Unidos:

  • Para reducir los gastos sociales.  El gobierno mexicano incrementó tarifas para los servicios médicos, resultando en menos tratamiento, sufrimiento extenso y muertes innecesarias en los segmentos más pobres de la población mexicana.  El gobierno también aumentó las tarifas de las escuelas públicas, una táctica que obligó a muchos padres pobres a sacar a sus hijos, especialmente a las niñas, de las escuelas.  El programa de austeridad también requirió una reducción en el pago de las pensiones, lo que transfirió el peso de la deuda a los incapacitados y a las personas de tercera edad.
  • Para achicar al gobierno.  Porque el gobierno era el empleador más grande en México a principios de los ochenta, este cambio resultó en un despido masivo y aumentó el desempleo nacional.  Los pobres, los más afectados por este programa, estaban desesperados por trabajar por cualquier sueldo.
  • Para elevar las tarifas de interés.  Esta política económica canceló los préstamos a los pequeños agricultores y a los hombres de negocios, paralizando la economía doméstica y aumentando el desempleo en todo el país.  Este cambio en la política aumentó dramáticamente las filas de los pobres.
  • Para eliminar las regulaciones en la apropiación de recursos y negocios por extranjeros.  Este cambio permitió a los capitalistas estadounidenses obtener el control de industrias claves como la minería y les permitió penetrar el corazón de México.  Para atraer más inversiones de los Estados Unidos y otras naciones ricas, el gobierno mexicano secretamente prometió no aplicar leyes de inmigración y del medio ambiente a los negocios extranjeros.
  • Para eliminar las tarifas.  Esta reforma menoscabó a las industrias de propietarios mexicanos y abrió los mercados de México a Estados Unidos y Canadá.  Al no poder competir con los avanzados productores norteamericanos que muchas veces eran subvencionados por el gobierno, muchas industrias domésticas tuvieron que cerrarse y despedir a su mano de obra.   Esta política golpeó a la agricultura mexicana fuertemente —más de un millón de pequeños agricultores fueron aniquilados.
  • Para privatizar las empresas del gobierno.  Esta política económica transfirió muchos de los recursos que pertenecían a los mexicanos a manos privadas, usualmente pasaron a ser parte de la propiedad de Estados Unidos.  La transportación, comunicación e industrias mineras fueron afectadas más que ninguna otra.  Las empresas estatales se vendieron por una fracción de su valor verdadero, y se privatizaron, lo cual se vio reflejado en precios más altos y servicios reducidos para los pobres.
  • Para reducir las subvenciones del gobierno para el pan, petróleo, fertilizante, etcétera.  Este cambio subió el costo de vida en México más allá de los recursos de los ciudadanos promedio y exacerbó la angustia de los pobres.
  • Para reorientar a la economía mexicana lejos de la producción doméstica hacia la exportación de la producción por medio de incentivos de impuestos.   Este cambio amenazó la seguridad alimenticia, aumentó la explotación de los recursos naturales por intereses extranjeros y amplificó la dependencia mexicana en la cara importación de alimentos y bienes manufacturados.

El lema “se sufre un poco para ganar mucho” usado para justificar los programas de austeridad impuestos por los Estados Unidos ha demostrado ser un dolor a largo plazo para los empleados mexicanos y una ganancia a largo plazo para el capitalismo estadounidense.  Uno de los mayores resultados de los programas ha sido la migración masiva de desesperados trabajadores mexicanos que emigran a las ciudades maquiladoras en la frontera Estados Unidos-México.  Entre 1980 y 2000, las poblaciones de Tijuana, Ciudad Juárez, Ciudad Acuña, Reynosa y Matamoros se multiplicaron.  El auge de la población en Mexicali, Nogales, Piedras Negras y Nuevo Laredo no se quedaron atrás.  La ventaja del capitalismo estadounidense fue veloz y sustanciosa —para 1983 dos tercios de la inversión extranjera en México se había concentrado en las maquiladoras y, en un año (entre 1982 y 1983), los salarios fueron reducidos a la mitad (de $1.38 a $.67 por hora).  Las súper ganancias acumuladas por las firmas americanas ayudaron a sacar a los Estados Unidos de su propia crisis económica y atrajeron aún más capital americano a México.  Entre 1982 y 1987, el número de maquiladoras y la mano de obra de las maquiladoras casi se duplicó.  Durante el mismo periodo, como resultado de las poblaciones que aumentaban vertiginosamente, y porque las maquiladoras pagaban salarios muy bajos y pocos impuestos, las condiciones sociales continuaron deteriorándose en los boomtowns(ciudades de crecimiento rápido) a lo largo de la frontera.

El sistema de maquiladoras ha demostrado ser tan ventajoso para el capitalismo de los Estados Unidos que cada presidente americano de las últimas cuatro décadas ha buscado activamente extender el programa y llevarlo más al centro de México.  Un hito mayor en la búsqueda en los Estados Unidos para explotar más a México y a su gente fue el Tratado de Libre Comercio (TLC) de 1994.

Más pobreza:
El impacto de TLC en México

La gente indígena de Chiapas sabía lo que el tratado de TLC haría con los recursos y la gente trabajadora de México y lo recibió con un levantamiento armado en contra del gobierno que había colaborado con los Estados Unidos para ratificarlo.  La Declaración de Guerra expedida por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional demuestra que los campesinos entienden la larga historia de explotación y traición en México:

Somos producto de 500 años de luchas: primero contra la esclavitud, en la guerra de Independencia contra España encabezada por los insurgentes, después por evitar ser absorbidos por el expansionismo norteamericano, luego por promulgar nuestra Constitución y expulsar al Imperio Francés de nuestro suelo, después la dictadura porfirista nos negó la aplicación justa de leyes de Reforma y el pueblo se rebeló formando sus propios líderes, surgieron Villa y Zapata, hombres pobres como nosotros a los que se nos ha negado la preparación más elemental para así poder utilizarnos como carne de cañón y saquear las riquezas de nuestra patria sin importarles que estemos muriendo de hambre y enfermedades curables, sin importarles que no tengamos nada, absolutamente nada, ni un techo digno, ni tierra, ni trabajo, ni salud, ni alimentación, ni educación, sin tener derecho a elegir libre y democráticamente a nuestras autoridades, sin independencia de los extranjeros, sin paz ni justicia para nosotros y nuestros hijos.

Los rebeldes zapatistas sabían que “tratado libre” no era libre.  El “Tratado libre”  siempre ha sido una de las principales armas económicas del imperialismo.  Es una política de comercio sin restricciones que favorece más a las naciones industrializadas que a las subdesarrolladas.  Por medio de TLC los Estados Unidos ha seguido saqueando la riqueza de México y extendió su explotación de los mexicanos.  Para obtener el apoyo del tratado, los políticos burgueses de los Estados Unidos, México y Canadá les prometieron a sus ciudadanos un crecimiento económico que estimularía oportunidades de negocios y trabajo, aumentaría el comercio, extendería la protección ambiental, terminaría la inmigración ilegal y fortalecería la democracia en Norte América.  Contrario a la retórica política, el impacto del TLC especialmente en México, una de las tres naciones más débiles, ha sido desastroso:

  • Aunque el repentino aumento sin precedentes en el comercio e inversiones extranjeras en México (mayormente en los Estados Unidos) produjo 500,000 empleos en manufactura entre 1994 y 2002, el sector agricultor, donde un quinto de todos los mexicanos seguían trabajando durante la implementación del tratado, perdió 1.3 millones de empleos en el mismo periodo.  El efecto neto ha sido el aumento en el desempleo y la dislocación de los trabajadores en México.
  • A pesar de que la productividad laboral y las ganancias han aumentado dramáticamente a través de este mismo periodo, los salarios verdaderos para muchos mexicanos son menos ahora que cuando se efectuó el TLC, siguiendo con la tendencia que empezó con los programas de austeridad impuestos por los Estados Unidos en los ochenta.  Los cálculos actuales indican que desde que se aprobó el TLC los salarios han disminuido un 30 por ciento mientras que el costo de vida en México ha aumentado 250 por ciento.  En vez de mejorar las vidas de los trabajadores mexicanos, la mayoría de la riqueza generada por el TLC ha fluido al norte como súper ganancias para el capitalismo americano.
  • El medio ambiente en México, que sufrió daños extensos de las maquiladoras, se ha deteriorado aún más bajo el TLC.  El gobierno mexicano calcula que los daños anuales de contaminación a través de la última década excede a $36 mil millones por año.  El daño al medio ambiente es mayor que las ganancias económicas del crecimiento comercial sumadas al de la economía doméstica.
  • El TLC no ha contenido el flujo de los mexicanos pobres a los Estados Unidos en busca de empleos.  De hecho, ha habido un aumento dramático en la migración ilegal al norte a pesar de la militarización estadounidense de la frontera internacional.

Mientras que el capitalismo americano ha sacado provecho maravillosamente del TLC, las lecciones del impacto devastador del tratado en los mexicanos no han pasado desapercibidas en otras naciones al sur.  El intento en curso de los Estados Unidos para extender sus tentáculos de explotación a través de todo el hemisferio por medio de CAFTA (el Tratado de Libre Comercio en Centroamérica) y FTAA (el Tratado de Libre Comercio de la Américas) se encontró con una enérgica resistencia.

La crisis crónica económica actual de México, el resultado más reciente de la histórica explotación de los Estados Unidos de los mexicanos que data de la conquista, ha producido una situación crítica para la clase gobernante de los Estados Unidos y para sus colaboradores mexicanos que jamás anticiparon y con la que no saben lidiar —a pesar de la explotación implacable a la que los mexicanos pobres han sido sujetos por ambos lados de la frontera, los ha llevado gradual pero inexorablemente a reclamar su derecho de primogenitura en Norte América.

 

Parte III: Éxodo:
Reclamando el derecho de primogenitura mexicano

Uno puede esperar que la despiadada saga de la conquista seguida por seis generaciones de implacable explotación llegara a tener un final amargo —pero ése no es el caso de los mexicanos.  La continua explotación de México por América, especialmente durante los últimos veinte años, ha creado un reto para la estructura básica del capitalismo estadounidense con la que tendrá que lidiar tarde o temprano.  El menoscabo de la economía mexicana a través del auge de las maquiladoras, la imposición de programas de austeridad y el TLC han provocado una de las migraciones más grandes de trabajadores y sus familias en la historia.  El rasgo central de esta migración es que ha desarrollado una velocidad inexorable —simplemente no se puede detener.

Las clases gobernantes en ambos lados de la frontera, preocupadas con sus propios limitados intereses económicos, no entienden las consecuencias de este hecho central.  Los estudiosos de la frontera han documentado que el sistema de la maquiladora no ha probado ser una fuerza disuasiva eficaz para la migración no autorizada, pero ha, por el contrario, acelerado la migración de los trabajadores mexicanos a los Estados Unidos.  Hasta los defensores del TLC saben que el tratado ha causado masivas dislocaciones económicas en México y estimulado más inmigración no autorizada a los Estados Unidos, pero prefieren no hablar sobre este asunto.  Después de todo, la clase gobernante mexicana está tan agradecida de estar libre de sus obreros desempleados como los Estados Unidos está agradecido con poder explotarlos.

En síntesis, las políticas limitadas de las clases gobernantes en ambos lados de la frontera han creado la situación de hoy día.  Todas las comisiones fronterizas bilaterales oficiales en la frontera y los “tanques de pensamiento” que buscan influenciar la política llegan a la misma conclusión —ya que la migración masiva al norte no puede detenerse, necesita controlarse— controlarse por supuesto, para beneficio de la burguesía en ambos lados.

Pero no hay indicación de que el éxodo de trabajadores mexicanos a los Estados Unidos sea controlable.  La migración interna en México ha amontonado a una población de 4 a 5 millones de personas pobres en las ciudades maquiladoras a lo largo de la frontera Estados Unidos-México en un tiempo cuando el capitalismo estadounidense está trasladando muchas de las plantas en México a Asia en busca de salarios aún más bajos.  El desempleo está aumentando y los salarios están disminuyendo a lo largo de la frontera mientras los pobres de la provincia continúan llegando día a día.  Los indigentes amontonados en la frontera no se pueden quedar donde están —se les empuja hacia el norte por la pobreza en sus ciudades natales y pueblos y la posibilidad de una vida mejor en los Estados Unidos los jala al otro lado de la frontera.  En el 2003, el salario anual promedio de un empleado en la maquiladora era apenas un poco más de $2,500 comparado con los casi $20,000 que ganan los inmigrantes mexicanos en Estados Unidos.  Con o sin autorización, la migración masiva no se detendrá.

A pesar de todos los obstáculos que enfrentan los emigrantes, las posibilidades de llevar a cabo un viaje exitoso al norte son excelentes —de acuerdo a los cálculos actuales de tanto el gobierno mexicano como estadounidense, 22 a 23 millones de personas de origen mexicano (incluyendo a 8.8 millones de mexicanos nacidos en México) viven ahora en los Estados Unidos, y el 54 por ciento de los mexicanos nacidos en México han estado llegando desde 1990.  Las leyes de inmigración modernas de los Estados Unidos que intentaron impedir la inmigración mexicana de hecho lo promovieron.  Tanto el Acta de Inmigración de 1965, que terminó con la discriminación racial y estresó la reunificación familiar, y el Acta de la Reforma de Inmigración y Control de 1986 que ofreció amnistía para los inmigrantes ilegales establecidos, facilitaron la ciudadanía estadounidense para los mexicanos.  Y ahora, como en el pasado, la inmigración no autorizada supera de sobremanera la inmigración legal y continúa casi sin revisión.
Se avecina verdaderamente un periodo crítico en la historia de ambas naciones.

Trabajadores hoy:
Trabajadores esenciales para el capitalismo estadounidense

Aunque muchos empleados mexicanos, tanto legales como ilegales, han tenido que tomar los empleos más indeseables y de menor remuneración que el capitalismo americano ha ofrecido, se convierten en trabajadores esenciales para la economía de los Estados Unidos.  Sólo en 1990, el número de trabajadores inmigrantes mexicanos en los Estados Unidos creció 2.9 millones, un aumento del 123 por ciento en el segmento de la fuerza laboral.  El empleo de los mexicanos continuó escalando en la áreas tradicionales del suroeste, pero el índice de crecimiento fue el más alto en los estados del este sur central.  Nacionalmente, 19 por ciento, o uno de cada cinco trabajadores, que se unieron a la fuerza laboral durante la década era de México.

El cálculo anterior no incluye a un gran número de trabajadores inmigrantes mexicanos que se emplean informal, o clandestinamente, en la economía de los Estados Unidos.  Estos trabajos no reportados se concentran en los servicios de manufactura, construcción, restaurante y ventas.  Otras áreas de empleo clandestino incluyen la limpieza de autos, mantenimiento de jardines, hoteles, conserjería y servicios domésticos.  El trabajo clandestino es extenso, especialmente en el suroeste, pero difícil de calcular.  El Economic Roundtable (La mesa económica) de Los Ángeles calcula que entre 9 y 29 por ciento de la fuerza laboral del condado de Los Ángeles se desempeñó en la economía local clandestina en el 2002.  Ese porcentaje traducido a entre 400,000 y 1.5 millones de trabajadores de un total de una fuerza de trabajo de 4.1 millón en el país.  La economía clandestina es igualmente importante en San Diego, Las Vegas, Phoenix, Tucson, Denver, Colorado Springs, Albuquerque, Oklahoma City, El Paso, San Antonio, Ft. Worth, Dallas, Houston y Corpus Christi.  La arrolladora mayoría de estos trabajadores viene de México.

A pesar de la explotación sistemática en los Estados Unidos, los empleados mexicanos han sido extraordinariamente exitosos, avanzando en las filas de la clase obrera y estableciendo comunidades viables por todo el suroeste americano a través de toda la nación.  Estas crecientes comunidades han sido tan exitosas y vitales que, más allá de auto-sostenerse, están enviando grandes cantidades de dinero a sus familias en México.  La tendencia de estas remesas ha subido vertiginosamente en los últimos veinte años, alcanzando un récord total de $13.3 miles de millones en el 2003, la tercer fuente mayor de ingresos extranjeros en México.

En el presente, el debate sobre la inmigración mexicana es relativamente silenciado.  El capitalismo de los Estados Unidos tiene acceso a la reserva de mano de obra barata mexicana en ambos lados de la frontera, mientras que los trabajadores mexicanos tienen perspectivas de empleo y esperanza para el futuro.  Las comunidades inmigrantes en los Estados Unidos son viables y están prosperando.  La elite mexicana espera exportar todos sus problemas domésticos y ahora aboga por una política de fronteras abiertas.  El capitalismo de los Estados Unidos, aunque no aboga por una frontera abierta, ha dejado la puerta entreabierta.

Pero bajo el capitalismo, la crisis casi siempre está a la vuelta de la esquina.  La gran pregunta sobre el futuro de los mexicanos en los Estados Unidos queda sin respuesta —¿Qué sucederá con la comunidad mexicana en ambos lados de la frontera cuando la economía de los Estados Unidos decaiga?  Los salarios disminuirán y el desempleo aumentará.  La calidad de vida de todos los trabajadores en los Estados Unidos, que ya se deteriora rápidamente, caerá a niveles aún más bajos.  Los capitalistas estadounidenses podrán ignorar las consecuencias de una economía y dislocación social extensa al sur de la frontera, pero no dentro de los Estados Unidos.  Con los ahorros familiares en el punto más bajo y los programas de beneficencia pública reducidos a casi nada, los conflictos sociales y el crimen se incrementarán.  La historia de los Estados Unidos sugiere que cuando la demanda por mano de obra barata disminuye, la presión por repatriar a los trabajadores mexicanos y a sus familias aumenta.  La deportación masiva fue la respuesta durante la Gran Depresión y la recesión después de la guerra de Corea, pero las posibilidades de que una política tan reaccionaria como ésta funcione ahora son mínimas.

La comunidad mexicana en la América moderna no se compara con la del pasado.  En las décadas de los treinta y cincuenta, la mayoría de los obreros inmigrantes mexicanos y sus familias en los Estados Unidos vivían en zonas rurales y trabajaban en empleos de agricultura temporales.  Era fácil identificarlos, acorralarlos y deportarlos.  Debido a que eran tan vulnerables, había poca resistencia al asalto.  Efectivamente, los mismos inmigrantes sabían que su estadía en los Estados Unidos era temporal y muchos dejaron el país voluntariamente tan pronto como se montaron las campañas anti-inmigrantes.

La comunidad mexicana en los Estados Unidos ahora, por el contrario, se ha establecido en una base permanente.  Aunque muchos obreros mexicanos continúan trabajando arduamente en los campos del suroeste, la comunidad moderna mexicana es mucho más diversa y está más fuertemente enraizada que en el pasado.  La comunidad mexicana en América ahora es 95 por ciento urbana y se divide en familias establecidas con fuertes raíces en la comunidad.  Debido a que el nacer en América otorga la ciudadanía, la mayoría de los niños en las comunidades mexicanas, hasta aquéllos de padres ilegales, son ciudadanos estadounidenses.  Los cálculos actuales colocan el número de niños nacidos en los Estados Unidos de padres mexicanos en 8.2 millones.  Además, los miembros de la comunidad inmigrante mexicana, tanto autorizados como no autorizados, han sacado ventaja de las oportunidades económicas y educacionales para establecerse firmemente en la sociedad de los Estados Unidos.  No es realista esperar que la población mexicana actual en los Estados Unidos se someta a deportaciones como a las que fueron obligados sus antiguos compatriotas —ellos tienen tanto motivos como medios para resistir el desposeimiento.

El futuro:
Otros cincuenta años de migración masiva

La crisis política inminente que roda a los trabajadores mexicanos y sus familias en los Estados Unidos no será una repetición del pasado.  A pesar del nivel de demanda por la mano de obra mexicana en los Estados Unidos, tanto el Consejo de Población Nacional mexicana como el censo de los Estados Unidos predicen otros cincuenta años de migración masiva.  Ambas agencias gubernamentales actualmente calculan que se duplicará la población mexicana nacida en México en los Estados Unidos para 2030 y que se dará un índice de crecimiento un poco más bajo, aunque sustancioso para 2050.  Para mediados del siglo, los mexicanos serán el grupo minoritario más grande en América y una mayoría absoluta en varias de las ciudades principales del suroeste.  Con estos números, la comunidad mexicana en los Estados Unidos sacudirá a la sociedad americana y al capitalismo estadounidense hasta sus raíces —los trabajadores mexicanos ya no son una reserva de mano de obra barata que se puede despedir y enviar a casa.

La historia está en marcha.  El éxodo mexicano en curso hacia los Estados Unidos está borrando la línea arbitraria que ha dividido al suroeste americano desde el vergonzoso Tratado de Guadalupe Hidalgo y la estafa de Gadsden.  Cada inmigrante mexicano en los Estados Unidos ahora, legal o ilegal, y cada hombre, mujer o niño mexicano que cruza la frontera, legal o ilegalmente a los Estados Unidos para trabajar y hacer una mejor vida está reclamando su parte del derecho de primogenitura mexicano en Norte América negado a su gente por más de un siglo y medio.

¡Viva México!

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(Fin)

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